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La dieta del tomate

La dieta del tomate

Erradicar la corrupción no es suficiente y, para salir de la pobreza, ni siquiera es lo primero.

12 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

En materia de corrupción, hay algo que los colombianos tenemos claro: aquí se roban 50 billones de pesos al año. La sexta parte del presupuesto nacional. Si acabamos con la corrupción, en otras palabras, no habría que hacer reformas tributarias.

El problema es que, como concluye el economista vallecaucano Esteban Piedrahíta en una aguda columna de 2018, esa cifra no tiene respaldo alguno. Excede “por mucho” la cifra real, cualquiera que ella sea. El director de Fedesarrollo, Luis Fernando Mejía, ha lamentado también el “daño (QUE) le ha hecho a la construcción de confianza entre el ciudadano y el Estado esa cifra absurda, sin ningún estudio serio que la sustente, según la cual se pierden 50 billones al año en corrupción”.

Sin embargo, la cifra perdura.

Es difícil hablar calmadamente sobre corrupción, pues se trata de un asunto moral y los humanos reaccionamos a los asuntos morales con impulsos que desechan el raciocinio y nos convierten en máquinas justicieras. Lo explica muy bien el psicólogo Jonathan Haidt en un libro que he recomendado antes, La mente de los justos. Las personas no solo somos vanidosas estéticamente, sino también éticamente. Por eso nos resultan irresistibles los discursos que dividen el mundo entre buenos y malos y nos ubican a nosotros, por supuesto, en el bando de los buenos. Están muy de moda esas narrativas por estos días: ‘Los verdaderos vándalos en Colombia se roban 50 billones’, dice un titular representativo.

Para construir la nación que queremos, más próspera, más equitativa, con más oportunidades, nadie nos va a salvar de
la obligación de expandir la economía y volvernos más productivos.

Y, sí, la corrupción es un flagelo, y luchar contra ella, un imperativo ético. Pero la satisfacción moral que nos pueda proporcionar la defensa de esa lucha no debe encandilarnos a tal punto que nos impida ver la problemática nacional en su conjunto. Creer que los problemas del país se reducen a la corrupción estatal ha inspirado en nosotros una suerte de plañidero letargo intelectual.

Basta con erradicar la corrupción, decimos, para que al día siguiente comencemos a parecernos a Suiza. Ese es el obstáculo, el enemigo principal. Confiamos en ese diagnóstico simple y maniqueo, con villanos fácilmente identificables, para explicar todas nuestras falencias como nación. Y eso nos exime de lidiar con la endiabladamente difícil cuestión del desarrollo, que exige discusiones mucho más complejas que el cálculo de cuánto nos roban al año.

Por eso cuando escucho decir que “el problema es la corrupción” pienso en esas personas que creen que pueden bajar de peso consumiendo un solo alimento. Y se embarcan entonces en la dieta del tomate o del batido de apio. Ni el organismo humano ni el estatal son así de sencillos; ojalá. Para construir la nación que queremos, más próspera, más equitativa, con más oportunidades, nadie, ni un gobierno de ángeles, nos va a salvar de la obligación de expandir la economía y volvernos más productivos. Y eso, a su vez, podría reducir la corrupción. Eso piensa el investigador Efosa Ojomo, del Christensen Institute: que los países no se desarrollan porque superan la corrupción, sino que superan la corrupción a medida que se desarrollan.

Ahora que vamos a necesitar una nueva reforma tributaria para reemplazar la que se hundió en las calles, oiremos de nuevo el estribillo de que para salir del hueco en el que estamos basta con erradicar la corrupción (como si tuviéramos la fórmula mágica para hacer eso, por cierto, que no la tenemos). Pero no, no es suficiente y, para salir de la pobreza, ni siquiera es lo primero. Necesitamos una política tributaria solidaria, pero moderada y competitiva, que funcione al servicio del crecimiento económico y no en su contra. Lástima que eso sea complicado, aburrido y mucho menos satisfactorio para nuestros instintos morales que exclamar: “¡Abajo los corruptos!” y someterlos a un régimen de tomatazos.

Thierry Ways
@tways / tde@thierryw.net

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