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El monopolio del corazón

El monopolio del corazón

La presencia de migrantes tiene un costo para el Estado, pero también trae beneficios de largo plazo

El odio político es una droga poderosa que induce delirio paranoico. Así quedó en evidencia tras el anuncio del Presidente del estatuto de protección temporal que regularizará la presencia de casi dos millones de migrantes venezolanos en nuestro país.

En un trino infortunado, pero representativo de muchos otros, el senador Gustavo Bolívar, del movimiento opositor Colombia Humana, dijo que “como vienen elecciones Duque les ofrece nacionalidad”. La insinuación no tenía sentido, ya que la regularización no da derecho al voto, y al día siguiente el senador se disculpó. Pero ya muchos contradictores del Gobierno habían hecho eco de las supuestas intenciones ocultas tras la medida de Duque.

Hubo también quienes –no siempre desde la izquierda opositora– alertaron de efectos adversos para los trabajadores. Sin embargo, un estudio reciente del Banco de la República sobre la inmigración venezolana en Colombia concluyó que no ha afectado el desempleo total. Y muchos otros investigadores que han analizado el efecto de las migraciones en el empleo no han encontrado impactos negativos. ¿Por qué? Una explicación sencilla (aunque incompleta) es que los migrantes no solo compiten en el mercado laboral, sino que también consumen bienes y servicios. La producción, luego, debe aumentar para satisfacer la mayor demanda, lo que aumenta la demanda de trabajadores.

Sin embargo, ni los motivos prácticos ni los humanitarios aplacaron la desconfianza de los odiadores de oficio del Gobierno.

La presencia de migrantes en el territorio tiene un costo para el Estado, por supuesto, pero también trae beneficios de largo plazo. Los migrantes aportan conocimientos y habilidades distintos a los de los locales, lo que diversifica y dinamiza el capital humano del país receptor. Y los venezolanos que están en Colombia tienen algo adicional: juventud. Eso supone un ‘bono demográfico’ para nuestro país, cuya población está envejeciendo y necesita jóvenes que aporten al sistema de seguridad social. Para eso la regularización es clave, pues permite que los migrantes obtengan empleo formal.

En cuanto a la pandemia, no olvidemos que es absolutamente necesario vacunar a los migrantes para proteger a la población nativa. Para eso necesitamos saber quiénes son, cuántos son y dónde están. La regularización es simplemente la manera inteligente de lidiar con una realidad que de todas formas tenemos que asumir.

Y, haciendo a un lado los argumentos pragmáticos, la regularización es lo moralmente correcto: un ejemplo para el mundo cuando tantas naciones que se precian de ser las más civilizadas están siguiendo el camino contrario.

Sin embargo, ni los motivos prácticos ni los humanitarios aplacaron la desconfianza de los odiadores de oficio del Gobierno. Sospecho que lo que les duele es que una administración rotulada ‘de derechas’ le hubiera birlado, con la elegancia de un Arsène Lupin, la principal bandera a la izquierda: la de la solidaridad. Me recordó la famosa respuesta de Valéry Giscard d’Estaing en el debate en las presidenciales francesas de 1974, a la que se le atribuye su posterior victoria sobre François Mitterrand: “Encuentro chocante e hiriente arrogarse el monopolio del corazón. Usted no tiene, señor Mitterrand, el monopolio del corazón”.

Debo reconocer que en este asunto soy poco objetivo. Soy hijo de un migrante que llegó a este país sin nada, sin siquiera el patrimonio de entender el idioma. Y aquí salió adelante, formó una familia, conoció la felicidad y tuvo una vida honrada y productiva. Aunque a los colombianos nos cueste creerlo, hay para quienes este atribulado país ha sido lo que suelen representar los Estados Unidos: una tierra de oportunidades. Que les hayamos brindado esa alternativa a miles de víctimas de la pesadilla chavista debería ser un motivo de orgullo patrio, no una ocasión para hacer exhibiciones de mala fe.

Thierry Ways
@tways / tde@thierryw.net

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