Secciones
Síguenos en:
'El ángel exterminador'

'El ángel exterminador'

Este momento se parece a esos episodios de la Biblia en los que Dios castiga con una plaga o peste.

28 de abril 2021 , 09:25 p. m.

¿Por qué de repente y de forma tan insistente se me viene a la cabeza en los últimos días el título de una vieja película de Luis Buñuel? El ángel exterminador. Al principio pensé que era porque ese clásico del cine surrealista trata sobre un grupo de personas extrañamente confinadas en una casa, sin posibilidad de salir, como un microcosmos de un mundo en cuarentena. Pero ahora creo, más bien, que es porque este momento de la historia se parece a esos episodios de la Biblia –estoy pensando en el Segundo Libro de Samuel, pero hay otros– en los que Dios castiga a un pueblo con una plaga o peste u otra calamidad. En varios de ellos, la orden la ejecuta un ser, un ángel ‘destructor’ o ‘exterminador’, que elige quién se salva y quién perece. Caprichosamente. Como el covid.

Desde hace dos semanas doy pésames todos los días. Imagino que muchos de ustedes también. Yo he tenido suerte: primero, porque he podido trabajar durante la pandemia, que es una gran fortuna, y, segundo, porque a pesar de que mi trabajo me impide aislarme tanto como debiera, hasta ahora no he pillado el virus. Muchos a mi alrededor sí. Y he tenido suerte porque entre mi círculo más cercano no ha habido fallecimientos. Pero sí se han ido personas conocidas, familiares de gente con la que trabajo, parientes de amigos. Todos los días me siento como el habitante de la casa que el tornado perdonó, mirando por la ventana el tajo arbitrario que dejó entre las demás viviendas del vecindario.

La pandemia, como todas las situaciones extremas, nos está dejando postales del absurdo. Combinado con lo macabro. La congestión vehicular para acceder a los hornos crematorios. Las fotos aéreas de filas de ataúdes de improviso, y de campos de piras funerarias que parecen un territorio bombardeado. La soledad nocturna de las ciudades vacías, interrumpida por las motos de los domiciliarios y las sirenas de las ambulancias. La ironía cósmica de haber logrado sintetizar oxígeno respirable en Marte mientras en la Tierra moría gente por falta de él.

La pandemia nos ha enseñado que todos estamos entrelazados, que cada persona que
se infecte en la calle contagiará
exponencialmente a varias más. Allá nosotros.

Dice el dicho que mal de muchos, consuelo de tontos. Y sin embargo uno busca alivio en noticias de otras partes, cuya virtud es ser más terribles que las noticias de aquí. Al menos no estamos como Brasil, decimos. Al menos no estamos como la India. Pero a veces la calamidad ajena no es un destino esquivado, sino una advertencia. De lo que puede llegar a pasar.

Al tiempo que avanzan las mutaciones, avanza la crisis. La crisis sanitaria, sí, pero también la económica. La de pobreza. La de desempleo. La de escolaridad. Y no avanza, o avanza muy poco, la vacunación.

Supe que esta semana se cumplen 35 años del accidente nuclear de Chernobyl, una catástrofe que irradió al planeta de un terror sordo. Me produjo gracia –una gracia triste, si tal cosa existe– la coincidencia. Pues desde hace meses, cada vez que tengo que poner un pie en la calle, le hago a mi familia el mismo chiste flojo. Me ajusto el tapabocas y digo: “Salgo para Chernobyl, vuelvo en un rato”. Como si fuera tóxico el aire afuera de la burbuja. Así se siente.

En medio de todo, a algunas personas se les ocurrió organizar ayer unas marchas contra el Gobierno. Marchas al aire libre, sí, y fruto de un inconformismo legítimo, también, pero marchas al fin y al cabo, con aglomeraciones, contactos masivos, desmanes, actos de vandalismo, arengas propulsoras de gotículas y aerosoles. Marchas a pesar de las exhortaciones de la comunidad médica a posponerlas. “Allá ellos”, quisiera pensar uno, “que se enfermen ellos si quieren”. Pero la pandemia nos ha enseñado que así no funciona, que todos estamos entrelazados, que cada persona que se infecte en la calle contagiará exponencialmente a varias más. Allá nosotros.

Thierry Ways
@tways / tde@thierryw.net

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.