Secciones
Síguenos en:
El hueco de Dios

El hueco de Dios

Me pregunto cuánto de lo que llamamos polarización es consecuencia de eso: de la falta de Dios.

No soy una persona religiosa, pero el aroma del incienso, que en Semana Santa se colaba por las rendijas de mi cuarentena, despierta en mí un sentimiento de espiritualidad que, de ordinario, me es ajeno. El olor de esa resina quemada estimula mi sentido religioso del mismo modo que la campana de Pavlov estimulaba las glándulas salivales de sus perros. Que ese sentido exista en personas que no profesan ninguna creencia no tiene por qué ser extraño.

Filósofos como Daniel Dennett, y también antropólogos y psicólogos evolutivos, han planteado que el impulso de creer en cosas sobrenaturales puede ser parte del software nativo de los humanos, como lo son el sexo, el amor o el hambre. Seamos creyentes o no, todos sentimos en algún momento la necesidad de lo que el poeta Ginsberg llamó “la antigua conexión celestial con el dínamo estrellado de la maquinaria de la noche”.

De ese instinto primigenio surge un problema de mucha actualidad. Pues si bien el simio humano puede matar a Dios, parece que no puede vivir mucho tiempo sin Él (o sin Ella). Parece que tuviera que reemplazarlo rápidamente con otra cosa. En nuestros días, esa otra cosa suele ser alguna corriente de pensamiento, como el feminismo, el ambientalismo, el igualitarismo, etc., por mencionar solo algunas de las más populares fuentes de sentido existencial para muchas personas.

Si bien el simio humano puede matar a Dios, parece que no puede vivir mucho tiempo sin Él (o sin Ella). Parece que tuviera que reemplazarlo rápidamente con otra cosa.

Digo que eso puede ser un problema porque hay dos maneras de abordar esos sistemas de valores. Una es como cualquier programa de índole social o política, con sus ventajas y desventajas, costos y trade-offs, etc. Es decir, como una serie de ideas que se pueden discutir, sopesar, negociar. La otra forma de abordarlos es como un conjunto de valores sagrados. Un reemplazo espiritual que llena el hueco en la cultura que antes ocupaba la deidad.

Me pregunto cuánto de la acritud de tantos debates contemporáneos es el resultado de ese reemplazo: de haber sacralizado cuestiones que, al fin y al cabo, son humanas, demasiado humanas. Pues lo que pasa cuando uno eleva una idea al rango de lo sagrado es que a partir de ese momento esa idea no es negociable, no admite discusiones, no tolera matices. Lo sagrado impone la reverencia, que es una especie de sumisión. Me pregunto cuánto de lo que llamamos polarización es consecuencia de eso: de la falta de Dios o espiritualidad en nuestra cultura, una bienvenida consecuencia del humanismo, en mi opinión, pero que dejó un vacío. Y en ese vacío hemos colocado otras cosas, ideas que consideramos muy laicas y modernas, pero a las que nos aproximamos como si fueran nuevas religiones.

El historiador Niall Ferguson explica que tras la invención de la imprenta, a finales del siglo XV, surgieron varios fenómenos parecidos a algunos que estamos experimentando hoy. Después de un periodo de grandes expectativas por el potencial de esa nueva tecnología de reproducción de textos –similares a nuestras expectativas con la nueva tecnología del internet–, siguieron décadas de exacerbada polarización, viralización de teorías conspirativas, iconoclasia (destrucción de estatuas), persecución de ‘herejes’ y fake news. Y violencia: pues todo eso hizo parte de las llamadas Guerras de Religión, que ensangrentaron a Europa entre los siglos XVI y XVII. Hoy, de nuevo, vivimos una profunda transformación de las tecnologías de comunicación, lo que, inevitablemente, transforma también el debate público; solo que, dice Ferguson, la velocidad de esas transformaciones ahora es mucho mayor.

Y a falta de religiones tradicionales, contaremos con creencias o religiones seculares que proveerán combustible de sobra para avivar feroces reformas, contrarreformas, cismas y reunificaciones entre los poderes nuevos y los establecidos. Bienvenidos al siglo XVI.

Thierry Ways
@tways / tde@thierryw.net

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.