El ágora digital

Hagamos un alto y miremos las consecuencias de desplazar el ágora política a una plataforma virtual.

13 de enero 2021 , 09:25 p. m.

La presidencia de Donald Trump, que por cuatro años fue un crescendo de guachedad y guachafita, se estrelló finalmente contra la realidad de su derrota en las elecciones. El desenlace no pudo ser más grotesco: una horda de desadaptados, azuzados por su líder, se tomó por fuerza el Capitolio, pretendiendo dar, creerían ellos, un golpe de Estado. Varios iban disfrazados. Por momentos, más que una insurrección, parecía una comparsa de bajo presupuesto del Carnaval de Barranquilla. Estoy seguro de que si el carnaval de este año no se hubiera cancelado por el covid, habríamos visto en la Batalla de Flores la comparsa ‘Los golpistas’, encabezada por el enajenado de los cuernos y el gorro peludo. Habría sido hasta divertido si en la mamarrachada no hubieran muerto cinco personas y, con ellas, la credibilidad de la nación que representa los ideales republicanos para el mundo. O los representaba.

A Trump, el episodio le costó algo más valioso que sus estancias enchapadas en oro: su cuenta de Twitter. Y la cancelación de esa cuenta y de otras, como la de Facebook, desató un debate furioso sobre libertad de expresión que nos tomará años resolver. Trump produce tal campo de fuerza negativo a su alrededor que el criterio de muchos analistas se reduce a una regla única: si es malo para Trump, debe ser bueno. Pero no es tan fácil. Ya sabemos lo que dice el dicho sobre el material del que está adoquinado el camino al infierno. Así Twitter haya hecho lo correcto, y creo que lo hizo, el incidente debería hacer que todos, trumpistas, antitrumpistas e indiferentes, hagamos un alto y reflexionemos sobre las potenciales consecuencias de haber desplazado el ágora política a una plataforma virtual cuasimonopólica, que se reserva el derecho de admisión.

Un puñado de gigantes tecnológicas, Apple, Amazon, Google, Facebook y Twitter, todas gringas, dominan gran parte de internet y deciden lo que se puede decir y lo que no.

El estado de las cosas es este: un puñado de gigantes tecnológicas, Apple, Amazon, Google, Facebook y Twitter, todas gringas, dominan gran parte de internet y deciden lo que se puede decir y lo que no. Pueden sacarlo a uno de la conversación, como a Trump, o pueden emplear métodos de control más sutiles, más difíciles de detectar, como la promoción de ciertas ideas y el silenciamiento de otras. Como si fuera poco, varias de esas empresas construyen sofisticados perfiles psicológicos de sus usuarios. Nunca antes en la historia existieron tan formidables armas de manipulación masiva.

Nada de esto es nuevo. Se ha insistido bastante en ello en los últimos años. Pero la expulsión de Trump de la red social que era consustancial a su desbraguetado populismo lo evidencia con más claridad que nunca: si Jack Dorsey o Mark Zuckerberg, los directores de Twitter y Facebook, respectivamente, pueden silenciar al “hombre más poderoso del mundo”, ¿quién realmente es el hombre más poderoso del mundo?

Es fácil estar de acuerdo con la decisión de Twitter, pues, como dije, tanta gente comparte el desprecio por el hombre del copete naranja. Pero la prueba ácida de la legitimidad de una plataforma que concentra el debate público no es si sanciona a nuestros contradictores, sino si se la confiaríamos a ellos. ¿Estaríamos tranquilos dejando la discusión política en manos de Twitter y sus inescrutables algoritmos si su dirigencia e ingenieros fueran, por ejemplo, mayoritariamente trumpistas? Pues algún día vamos a estar del otro lado del espejo. Y ese día querremos que las redes nos brinden garantías de neutralidad. O que haya competencia entre varias de ellas, para que si una pierde credibilidad por un criterio que nos parece sectario, podamos mudarnos a otra que nos produzca más confianza. El ecosistema tecnocomunicacional actual no lo hace: no inspira suficiente confianza para convertirse en el reemplazo del ágora o la plaza pública. Pero en eso hemos consentido.

Thierry Ways
@tways / tde@thierryw.net

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