Encubridores somos todos

Encubridores somos todos

Declaro cómplices, de lo que les está pasando a nuestras niñas, a la sociedad y la justicia.

11 de junio 2019 , 07:00 p.m.

Que los hermanos Uribe Noguera, Francisco y Catalina, son cómplices del también hermano Rafael, violador y asesino de una niña de 7 años en Bogotá, acusan la Fiscalía y la sociedad porque tardaron más de dos horas para avisar a las autoridades que estaban con el asesino, porque “alteraron la escena del crimen” y borraron chats de sus celulares y de los celulares del hoy condenado a 58 años de cárcel. Denuncian también dilaciones al juicio, y en informes oficiales y de prensa se recalca el poder económico de la familia acusada.

Sí, familia acusada. Familia a la que le llegó la mala hora que el destino trae y lleva, a su antojo, implacable, cuando menos lo esperamos, seamos pobres o ricos. He sido defensora por 30 años de los derechos de la mujer y, por deducción lógica, debería estar del lado de los acusadores de los dos hermanos hoy en juicio por encubrimiento. Pero me pongo en sus zapatos y, sin tener en cuenta su condición social y económica, me pregunto si cualquier familia no tendría una reacción similar, instintiva y caótica.

¿Por qué el gobierno no declara en emergencia la justicia en el caso de delitos sexuales y crea un cuerpo especializado para que ningún caso quede impune?

Los dos hermanos enjuiciados por encubrimiento enfrentaron su propio ‘shock’, vivieron su aterrador e intempestivo duelo y actuaron en consecuencia; ellos vieron en segundos pasar la película de su vida y la tragedia de su presente y su inmediato futuro, cuando encontraron a su hermano fuera de sí y convertido en el más vil de los delincuentes. Ellos se equivocaron en no llamar lo antes posible a las autoridades, pero, insisto, estaban enfrentando su propio drama humano, y no veo indicios de haber querido propiciar la huida del criminal. El crimen fue tan atroz que nadie, ni ellos, podría siquiera pensar en la posibilidad de evitar el impacto de la justicia. En los wasaps que se han conocido de sus celulares se lee la angustia de unos seres unidos por la sangre que incluso piensan en la posibilidad de que su hermano muera como una única salida. Los Uribe Noriega cometieron errores, sí. ¿Pero se les podía pedir que en su ‘shock’ salieran al balcón a gritar, ‘aquí está el asesino’? ¿Llevarlo a una clínica podría decirse a ciencia cierta que fue para evadir la justicia, o sería una reacción de sangre ante un hombre en estado patético? Qué difícil emitir un juicio a ciencia cierta. Por lo menos merecen el beneficio de la duda y no el dedo acusador pidiendo también cárcel para ellos.

En cambio, sí declaro como cómplice de lo que les está pasando a nuestras niñas, abusadas y asesinadas, a toda la sociedad, y en especial a la justicia y las ultraderechas de este país que han obstruido un cambio cultural en las mentes machistas de este país. ¿Cuántos violadores han sido puestos en libertad por los jueces y luego han repetido sus delitos en cuerpos inocentes? ¿Cuántos de esos jueces han sido apresados a su vez por dar libertad a delincuentes que cometen delitos no excarcelables? ¿Qué medio de comunicación ha hecho un seguimiento a estos casos para demostrar complicidad en cadena de instituciones y personas que no han cumplido su deber? ¿Por qué el gobierno no declara en emergencia la justicia en el caso de delitos sexuales y crea un cuerpo especializado para que ningún caso quede impune? ¿Por qué no se destinan recursos para atender niños y niñas abusados para evitar que ellos repitan más tarde ese mismo proceder? ¿Quién de las derechas retardatarias puede negar que es cómplice del matoneo a los gais y travestis, muchos de ellos muertos por su condición?

Presidente, estamos cansados de titulares amarillistas y cifras aterradoras de mujeres asesinadas por sus parejas. A usted se le está pidiendo claridad en sus nortes y banderas. Proteger la niñez y, en especial, las mujeres del machismo de esta sociedad ojalá fuera su principal objetivo. Esta problemática es más grave en número y en consecuencias que cualquiera otra violencia. Es más urgente que el asunto de la JEP, de la oposición, de la reactivación de la economía.

El Ministerio de Educación, de alguna manera, es cómplice en la tragedia de nuestras niñas cuando se ha rendido ante sus miedos a enseñar en los colegios, con lenguaje claro y sencillo, que la mujer es dueña de su cuerpo, que tocar y acariciar a una menor de edad es un delito y que el único fin de la mujer no es tener hijos y sostenerlos y sacrificar toda su vida por ellos, como dicen los mensajes que se publican el día de la mujer cada 8 de marzo. Y ni qué decir de la Iglesia católica, que habla de lo divino y lo humano y no ha podido emprender en los púlpitos una campaña contra el machismo y los violadores.

Nuestras familias, casi sin excepción, son reproductoras de un machismo aterrador y de un hogar en donde las madres sobreprotegen a sus hijos y les tapan sus errores, forjando pequeños dioses o grandes monstruos. Hijos que no tienden sus camas, que deben ser atendidos por sus hermanas, que deben guardar silencio si las violentan. El caso de los Uribe Noguera ojalá sirviera para poner el dedo en la llaga en esta sociedad cómplice y en estos hogares colombianos en donde ya no se enseña que a la mujer ‘no se toca ni con el pétalo de una rosa’.

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