Del Mónaco quedan más que cenizas

Del Mónaco quedan más que cenizas

Pablo Escobar es un fantasma que vive aún, con o sin Mónaco.

27 de febrero 2019 , 07:05 p.m.

Del edificio Mónaco, que fuera la residencia del capo Pablo Escobar Gaviria, no se puede decir que quedan solo las cenizas. El Mónaco permanece y permanecerá como un fantasma en el aire de la capital paisa. Hacerlo volar en pedazos no soluciona el problema en su raíz: la cultura que todo él encierra –aún en sus ruinas– está vigente; es la cultura del dinero como valor supremo, de la ilegalidad, de la mujer como objeto que se compra y se vende, que es una posesión más, como la colección de carros antiguos, pero menos valorizada eso sí, en manos de seres sin escrúpulos. Y esa cultura se cambia invirtiendo en cultura y no en dinamita para derrumbar símbolos. Ese dinero quemado hubiera cambiado más las cosas creando una Fundación para aportar becas a mujeres vulnerables, que son precisamente las que caen en manos de los poderosos del dinero fácil, arruinando sus vida para siempre, empujadas, la mayoría de las veces, por falta de oportunidades o porque les dijeron, en una cultura mafiosa, que con tetas sí hay paraíso… ¡y esas tetas necesitan buen billete!

Explotar el Mónaco produce, para mi gusto, mucho ruido y pocas nueces. Cuando el 13 de enero de 1988 el cartel de Cali colocó 80 kilos de explosivos en su entrada principal, ante el estruendo –cerca de mi vivienda– salí de madrugada a buscar la noticia y me encontré con un enorme cráter, una capa de hojas verdes convertidas en aleluya y un joven que salía ensangrentado de su casa diciendo esta frase: “¡cómo vivíamos de felices en este barrio, hasta que la señora esa, por plata, le vendió su casa a Escobar para que hiciera su búnker!”. Nunca olvidaré esa queja. ¿Ha cambiado en algo ese tipo de prácticas 30 años después? En Medellín y en Colombia, “por la plata baila el perro”. Y seguirá bailando…

Hasta hace muy poco viví a una cuadra del Mónaco y participé en las reuniones de vecinos para evitar que ese edificio fuera la sede de organismos del Estado vinculados con temas de seguridad, por temor a nuevas explosiones y demás. Pagamos abogados y gestionamos toda clase de recursos. Algunos propusieron que fuera un museo; otros, un edificio de parqueaderos, o que la Policía Nacional lo vendiera a terceros para proyectos constructivos. Hasta donde yo participé, nunca se habló de implosionar el inmueble. Me hubiera opuesto, porque creo en lo escuchado muchas veces en Tel Aviv y en el Berlín, en los sitios que recuerdan el Holocausto: “Hay que tener esta memoria siempre viva para que no se repita”. Me hubiera gustado decirles a los turistas que se apeaban de los buses frente a mi casa que entraran al Mónaco a escuchar la versión completa del drama que hemos vivido y cómo lo hemos enfrentado. Una versión adecuada, reflexiva, aleccionadora, dentro de las propias paredes donde se planearon hechos que una sociedad nunca debería permitir de nuevo.

Pablo Escobar es un fantasma que vive aún, con o sin Mónaco. Cuando lo dieron de baja, yo dirigía un noticiero de televisión de fin de semana. Era sábado y mis camarógrafos tomaron las primeras imágenes de él tendido sobre un tejado. Llamadas de todo el mundo recibimos ofreciendo el dinero que fuera para obtener esas imágenes. Dos décadas después, las series de televisión hacen que el capo esté hoy más vigente que nunca; en lugar derribar el Mónaco para evitar un turismo mediocre, lo ideal hubiera sido que allí mismo el Estado y la sociedad contaran la verdad desde todos los ángulos y de una manera constructiva. Ahora el reto será que el proyectado Parque de la Inflexión lo haga, cosa que dudo cuando ya este mandato termina. En todo caso, hay una gran verdad dicha por el alcalde de Medellín el día que el edificio fue demolido: “El narcotráfico es el principal responsable de los delitos que se cometen en esta ciudad”. Así las cosas, demoler el Mónaco no fue la mejor opción; me parece una decisión mediática, populista, que beneficia solo a los habitantes de Santa María de los Ángeles, sus vecinos.

Todo lo demás seguirá como hasta ahora, máxime cuando nuestros alcaldes decidan seguir gastando el dinero donde no es, seguidos más por caprichos del poder que por una convicción cierta y firme en invertir en educación y cultura como la única manera de superar la situación de tantos hombres y mujeres que nacen y crecen sin futuro y que encuentran en el dinero fácil la única y mejor salida.

Sal de la rutina

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