Colombia no aguanta más ‘fumigados’

Colombia no aguanta más ‘fumigados’

“Fumiguemos”, dicen los de siempre… Qué importa que esta sea la estrategia de la derrota.

13 de marzo 2019 , 07:00 p.m.

¡Qué fácil es decidir desde un escritorio que venteen glifosato a diestra y siniestra! Claro, es que la enfermedad y la muerte que arrastra el viento no pasan por los cristales, ni por las cortinas de fino lino de las oficinas de los que deciden. Qué importa que nazcan más niños con deformaciones congénitas o que el cáncer y los problemas neurológicos se incrementen en las poblaciones que reciben los efectos del riego siniestro. ¿Qué faltan estudios al respecto? Se debe aplicar el principio de precaución de la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (1992) que dice: “Cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces en función de los costos para impedir la degradación del medio ambiente”. El principio está incorporado en la legislación colombiana desde 1993. En 2015, la Agencia Internacional de Investigación en Cáncer (IARC, por sus siglas en inglés), adscrita a la Organización Mundial de la Salud (OMS), determinó que el glifosato era un compuesto “potencialmente cancerígeno” para los humanos.

Colombia debe volcarse al campo, no envenenar sus campesinos y al medio ambiente, ni llenar el Ejército y la Policía de más mutilados por la erradicación manual.

“Fumiguemos”, dicen los de siempre… Qué importa que esta sea la estrategia de la derrota, la que arruina cultivos lícitos de los más pobres y vulnerables; qué importa que al paso del tiempo se repita el estúpido ciclo de: fumigar, contaminar, enfermar y empobrecer para que, al final, Colombia siga figurando como la primera productora de coca, la que más muertos pone en la tarea de disminuir los cultivos y atacar el tráfico, la mala del paseo, la que no hace lo suficiente y a la que hay que exigirle que coloque más soldados pobres y vulnerables en la boca del lobo. Así año tras año, gobierno tras gobierno, haciendo que se cumpla la sentencia de Einstein: la gran estupidez del hombre es repetir una y otra vez aquello que no da resultado, en lugar de cambiar la estrategia.

Ni hablar de la erradicación voluntaria de cultivos con la promesa de que habrá apoyo para nuevos emprendimientos, que nunca se concretan. En mis oídos resuenan las palabras de incertidumbre, miedo y desconfianza de algunos líderes que han apoyado la erradicación manual por cuenta propia: “periodista, ya arrancamos los cultivos, ya dimos el voto de confianza al gobierno… pero si no cumplen, nuestras familias van a morir de hambre, si antes no nos han matados los enemigos de la erradicación”.

Colombia firmó un acuerdo de paz pero, la verdad sea dicha, la implementación de esos acuerdos está sobre los hombres y mujeres del campo a quienes se les pide que apoyen la erradicación, que lideren la restitución de tierras, que denuncien, que reclamen. Ellos responden a la paz sí, con la mejor buena fe y los más lamentables resultados. Colombia se compromete con la baja en la producción de la coca, pero no exige en contrapartida disminución en el consumo; Colombia y todas las naciones del mundo saben que este es un problema global que exige soluciones globales. Y, sobre todo, un cambio total de rumbo.

Se ha intentado una estrategia mundial para darle un marco de legalidad al tema de las drogas, pero siempre resultan los enemigos a quienes no les interesa esta opción porque no les es tan rentable como la ilegalidad. ¿Cuántos muertos más, cuánta tragedia más será necesaria para que se repita la historia del cigarrillo y el licor que terminaron siendo legalizados? Da risa ver cómo se identificó hace unas décadas a la marihuana con el mismo satán, para llegar hoy a verla no solo legalizada sino cotizando fuerte en la bolsa y bendecida por quienes descubrieron que quitaba dolores del cuerpo y del alma y que se la había metido, equivocadamente, en la misma cesta de las peores sustancias psicoativas.

Las drogas sintéticas, más temprano que tarde, se tomarán el mercado que hoy ocupa la coca cultivada en nuestras tierras. Cuando eso ocurra, las próximas generaciones verán cuánta estupidez ha habido en la política antidrogas colombiana, cuanto dolor se habrá sembrado en nuestro campo en lugar de tomar en serio las promesa no cumplidas de volcar el gobierno hacia una población rural que ha sido la mártir del negocio de las drogas, la que sufre y la que espera una redención que no llega. Así, el 57 % de familias que viven en zonas de cultivos de coca son pobres y un 35 % vive en pobreza extrema.

Colombia necesita un Gorbachov que no tenga miedo de decir: “cambiemos el rumbo, que no vamos para ninguna parte”, no un presidente que repita errores viejos buscando aplausos de los consumidores de siempre, los beneficiados de siempre, los poderosos de siempre. Colombia debe volcarse al campo, no envenenar sus campesinos y al medio ambiente, ni llenar el Ejército y la Policía de más mutilados por la erradicación manual. Una de estas víctimas lo dijo claramente –Fundación Prolongar - CNMH, Andrés Bermúdez Liévano, 3. 23. 2018–: “Me pongo a pensar que lo que yo hice fue perdido, fue en vano. Que las cantidades de mamitas, esposas e hijos que perdieron a sus familiares fue perdido. Que el Estado no se está dando cuenta que, no importa cuántos millones de dólares se han invertido en el Plan Colombia, eso se ha perdido”.

Sal de la rutina

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