Medio siglo de contar

Medio siglo de contar

Publiqué mi primer libro, ‘Cuentos’, a los 20 años; 500 ejemplares de mi propio bolsillo.

18 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

La editorial Océano me propuso una 'Antología personal' de mis cuentos escritos a lo largo de medio siglo, y tras un largo y duro debate sentimental conmigo mismo terminé eligiendo veinte de entre un centenar. “Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y, así, se han de querer, o buenos o malos que sean”, le dice don Quijote al hidalgo a quien se encuentra en el camino.

Pero, a la hora de decidir cuáles quedaban de entre esos hijos de las entrañas, recordé también que, al cabo de su vida, Rubén Darío hizo una selección de sus poemas para una antología personal, y no le tembló el pulso al eliminar todo 'Azul', su celebrado primer libro.

Publiqué mi primer libro, 'Cuentos', a los 20 años, de mi propio bolsillo, una edición artesanal de 500 ejemplares compuesta a mano en la imprenta de mi amigo el escritor Mario Cajina Vega.

Dejé ejemplares en consignación en las pocas librerías de Managua para volver cada sábado a preguntar cuántos se habían vendido. Me gusta repetir que en una de esas ocasiones, la propietaria de la librería Selva, al contar los diez ejemplares que le había dejado, halló que había once.

Era impensable que un amigo comprara tu libro, y, además, estaba de por medio una broma lapidaria. Quien lo recibía de regalo te decía: “Firmámelo, para que no digan que lo compré”. Se lo conté una vez a Gabriel García Márquez, y cuando me dedicó 'El amor en los tiempos del cólera' escribió: “A Sergio, para que no digan que compró este libro; con el abrazo de siempre. 1987”.

Temí entonces lo que iba a decirme, que de escribir no se come, pero hojeó el pequeño volumen y me dijo: “Ahora tenés que escribir una novela”

Mi padre quería que yo fuera abogado. Y antes del título universitario, le llevé aquel libro. Temí entonces lo que iba a decirme, que de escribir no se come –primero la maldición de la música, pues mi abuelo y tíos paternos eran todos músicos pobres, y ahora la maldición de la literatura–, pero hojeó el pequeño volumen y me dijo: “Ahora tenés que escribir una novela”.

No me desanimó, y me dio un consejo que él consideraba lógico: ir de la escala menor a la mayor. El oficio me enseñó, sin embargo, que se trata de dos géneros con pesos distintos, pero no subordinados.

Cuando a un escritor se le pregunta por los primeros libros que leyó, generalmente comienza citando Sandokán, de Salgari, o 'La isla del tesoro', de Stevenson. Pero yo no leí esos libros de niño. Los oí. Reinaban entonces las radionovelas, igual que reinaba el cine, también decisivo en mi formación de escritor, junto con las historietas cómicas.

Todos ellas son maneras de contar. La palabra, mi instrumento de expresión, se vería excitada por otros que aparentemente le son ajenos: la imagen fija, pero cinética, de los dibujos; la imagen en movimiento del cine y la voz sin imagen de la radio.

Era eso lo que me fascinaba de las radionovelas, el poder de las voces, que se convertían en personajes por sí mismas, con autonomía de las figuras de los actores dueños de esas voces. Las voces me incitaban a imaginar la imagen.

YNW Radio Mundial tenía su propio ‘cuadro dramático’, y además de novelas clásicas pasaba 'El derecho de nacer', del prolífico escritor cubano Félix B. Caignet, guionista, novelista, poeta, periodista, crítico de teatro, compositor y cantante. Sus radionovelas, más tarde telenovelas, superan las trescientas.

También era popular una serie que tenía por personajes a la clásica pareja del marido oprimido y la esposa mandamás. Los oyentes eran invitados a enviar argumentos por correo, y si alguno era escogido, su autor se ganaba un premio. Mandé uno a los 12 años, y gané.

Mi padre, envanecido por mi triunfo, financió mi viaje en bus a Managua para que fuera a recibir el premio. El director del ‘cuadro dramático’ me acogió con elevados elogios. Luego tecleó una orden para que retirara en las oficinas de Licores Bell, patrocinador del programa, dos botellas de ron Cañita, el más popular entonces en las cantinas de Nicaragua. Fue el primer premio literario que recibí en mi vida.

SERGIO RAMÍREZ
- www.sergioramirez.com

Columnistas

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