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La novela negra, un género ejemplar

La novela negra, un género ejemplar

En mi caso, este género se ha vuelto un método de explorar la realidad contemporánea de Nicaragua.

27 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

La novela policíaca, conocida mejor como novela negra, ha tenido la fama mal merecida de ser una literatura de segunda, libros de leer y tirar sin más consecuencia que el buen rato que el lector pasa tratando de adelantarse a averiguar quién es el asesino, papel que tradicionalmente estaba reservado al mayordomo. O, como en las novelas de Agatha Christie, esperar el momento final en que el inspector Poirot reúne a los sospechosos para explicarles los entramados del crimen y señalar al culpable, que se halla invariablemente entre los circunstantes.

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Se suele olvidar que la novela negra tiene por fundador nada menos que a Edgar Allan Poe. Y yo, tras repetidas lecturas de Raymond Chandler y Dashiell Hammett, entrenándome en el género, los coloqué en el santoral de mis autores de culto. Ambos fueron capaces de desarrollar un estilo inconfundible, capaces de describir con trazos duros a tipos duros que se mueven en un ambiente crepuscularmente corrompido, y sus detectives estrella, Philip Marlowe y Sam Spade, los dos indefectiblemente ligados al mejor rostro que pudieron haber encontrado, el de Humphrey Bogart, son pesimistas y desilusionados, cínicos y un tanto alcohólicos, pero dueños de un cierto espíritu ético, que los lleva a resistir a las infaltables, a las femmes fatales, y a la no menos erótica tentación del dinero.

La novela negra latinoamericana viene de estos dioses tutelares, pero en el trasiego se convierte en un género nuevo y diferente. En primer lugar, porque resulta teñido por la anormalidad política, que tiene que ver con las múltiples debilidades institucionales tan crónicas que padecemos, y que como una marea sucia y aceitosa se mete por todos los resquicios de la realidad, y por tanto del relato.

En la novela negra anglosajona, un policía o un investigador privado puede ser todo lo desordenado que quiera en su vida privada, pero en su oficio tienen detrás el respaldo de las leyes y de las instituciones judiciales. Los nuestros, en cambio, resultan siempre contaminados, empezando por la corrupción, que es orgánica y no deja escape, o los favores políticos que llevan tantas veces al apañe y a la impunidad.

O, ahora en día, el poder envolvente del narcotráfico, que induce al héroe a asumir una conducta de dualidad moral, como en el caso del Zurdo Mendieta de Elmer Mendoza, en el escenario de uno de los territorios calientes del tráfico de drogas, como lo es el estado de Sinaloa, y hay un momento en que no sabemos dónde se sitúa esa tenue línea que separa lo moral de lo inmoral.

Ya no se diga el héroe que no sale incólume de las tinieblas del pasado, como el Mario Conde de Leonardo Padura, atrapado en la maraña de los recuerdos de la guerra de Angola y en las frustraciones que padecen, tanto él como su compañero de mala fortuna, metidos dentro de la máquina, ya deterioradora sin remedio, de una revolución que de sueño de cambio pasó a convertirse en una pesadilla burocrática. La Habana de Mario Conde es una ciudad fantasmagórica.

En mi experiencia personal, la novela negra se vuelve un método de explorar la realidad contemporánea de Nicaragua, llena de anormalidades y excentricidades. Mi inspector Morales se moverá en un terreno sinuoso, e impredecible, porque todo depende del arbitrio caprichoso del poder. Su vida está ligada a la revolución de los ochenta, y debe vivir la contradicción entre lo que esa revolución fue y el remedo que ahora es. Y enfrenta la corrupción y los abusos de poder, desde una perspectiva que deberíamos llamar ética, como Sam Spade o como Marlowe. Pero no deja de ser marginal, porque no es un

personaje político. Los acontecimientos son los que lo arrastran a observar con ojo crítico las ocurrencias anómalas, y muchas veces grotescas, a su alrededor.

Pierde una pierna combatiendo adolescente en la guerrilla contra Somoza, y la prótesis que lleva le recordará siempre ese pasado que fue heroico cuando se convierte en policía antinarcóticos, y más tarde, cuando termina como investigador privado en Managua, marginal entre los marginales, y siempre rumiando las preguntas sobre lo que aquel pasado ha hecho de su vida, ahora llena de frustraciones.

No es un personaje político; entra en esa realidad pervertida, muchas veces a su pesar, pero no deja de juzgarla. Y como está armado de humor, un humor negro si se quiere, tiene allí una salvaguarda para no involucrarse en el drama que la realidad contemporánea representa para él, y para mí. Un drama que, si no te cuidas, te puede llevar a la retórica y a las imprecaciones, enemigas mortales de la literatura.

SERGIO RAMÍREZ

(Lea todas las columnas de Sergio Ramírez en EL TIEMPO, aquí)

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