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La lágrima fácil

La lágrima fácil

Cien años de soledad no tiene, de verdad, como cree Stavans, nada de telenovela.

04 de agosto 2021 , 08:00 p. m.

Una entrevista reciente, en la que el ensayista mexicano Ilan Stavans habla con gran perspicacia del melodrama y la literatura, me pone frente a un tema fascinante. Sus afirmaciones son provocadoras. Por ejemplo, la de que novelas de García Márquez y Vargas Llosa no son otra cosa que telenovelas literarias.

Los libretistas aprendieron las reglas del género en clásicos que van desde la Odisea a las novelas de Dickens. Hay en la trama dramática de los culebrones tradicionales, capaz de sostenerse a lo largo de 300 capítulos, reglas básicas: los obstáculos constantes que impiden la felicidad, y el suspenso al final de cada capítulo.

Los obstáculos forman la esencia de la aventura. Ulises, tras diez años de guerra en Troya, solo quiere volver con buen viento a su vida doméstica en Ítaca. Si su viaje de regreso hubiera sido feliz, no habría nada que contar; la saga está compuesta de interrupciones, y esa es la aventura.

Esta regla no la descuida el prolífico Félix B. Caignet en El derecho de nacer, gran matriz del género: a don Rafael del Junco, dueño del secreto capaz de resolver la trama, le da un derrame cerebral y pierde el habla. Mientras esté mudo, no habrá desenlace.

Igual que las telenovelas, los libros de Dickens se publicaban por entregas. La gente se agolpaba en los muelles de Nueva York para esperar el barco donde llegaba la revista con el nuevo capítulo de La tienda de antigüedades. Los lectores querían saber si la niña Nell Trent, la heroína, iba a sobrevivir o no a su enfermedad.

Morirá o no morirá según al autor le convenga; y mientras ese momento llega, las cartas de los lectores llueven en la redacción de la revista pidiendo a Dickens que la salve. Pero, tras meditarlo, sentencia que debe morir. Tiene poder de vida o muerte sobre sus personajes, que pasan a ser de carne y hueso en las mentes.

Cuando en Nicaragua se transmitió por Radio Mundial El derecho de nacer, y al final Albertico Limonta e Isabel del Río se casan, en los estudios de la emisora se recibieron numerosos regalos de boda.

Hay una tercera regla del melodrama: la carga lacrimógena. Y también la hallamos en Dickens. No hay quien no derrame lágrimas por todos esos niños, empujados a la miseria por la sociedad industrial, y la narración es conducida, a través de sus trampas, para provocar el llanto. La telenovela potencia este recurso y busca que quienes se sientan frente al televisor se ahoguen en un mar de lágrimas.

Cien años de soledad no tiene, de verdad, como cree Stavans, nada de telenovela. Me intriga lo que harán los guionistas ahora que el libro se convertirá en una serie de Netflix, para darle a esa narración, que siempre se está mordiendo la cola, las reglas necesarias de intriga y suspenso, y de aventura siempre interrumpida, de un capítulo a otro.

En cuanto a El amor en los tiempos del cólera, a la que también cita, es más bien la parodia deliberada de un melodrama, un amor entre viejos, narrado con sabia sutileza. Florentino Ariza y Fermina Daza se salen del molde clásico del melodrama, donde los amores sufren interrupciones, pero nunca hasta la anticlimática llegada de la vejez. Ya la novela fracasó en el cine, en manos de Mike Newell, no obstante su reparto de lujo.
La tía Julia y el escribidor tampoco es un melodrama. Los amores entre un sobrino y una tía que lo dobla en edad se salen de los márgenes de lo que una telenovela requiere. Y la novela es una burla las radionovelas, con personajes que llaman a la risa más que al llanto, como el famoso libretista Pedro Camacho.

No creo, por fin, que el melodrama, como tendencia a exhibir las emociones hasta el llanto, sea asunto del ADN latinoamericano, como Stavans afirma también. La soap opera es una vieja industria en Estados Unidos, y ahora los culebrones turcos están invadiendo las pantallas, doblados al español.

Todos somos, de un modo o de otro, de lágrima fácil.

SERGIO RAMÍREZ

www.sergioramirez.com

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