Camisas de fuerza

Camisas de fuerza

Al imponer a una obra de arte una camisa de fuerza, se le impone, a fin de cuentas, a la sociedad.

16 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

Imaginemos que, en las bases de convocatoria de uno de los premios literarios importantes establecidos en nuestra lengua, se estableciera como condición de participación que la novela concursante debe llenar determinados requisitos en cuanto al tema y en cuanto a la procedencia racial de los personajes, o su género, sus preferencias sexuales, o sus capacidades físicas. Solo hago aquí una transferencia al territorio de la literatura de las condiciones que se acaban de establecer para las producciones que a partir del año 2024 compitan por el premio Óscar a la mejor película.

La película debe centrarse en uno de los siguientes grupos: “Mujeres, una etnia poco representada, personas LGTBI+, o personas con discapacidad física, cognitiva o auditiva”. “Al menos uno de los actores principales, o intérpretes secundarios de cierta relevancia, deben ser parte de uno de los siguientes grupos raciales o étnicos: asiático, latino/hispano, negro/afroamericano, indígena/nativo, americano/nativo de Alaska, originario del Cercano Oriente o del norte de África, hawaiano nativo u otro tipo de isleño originario de Oceanía, o de otra etnia poco representada”. Y el 30 % de los actores secundarios deben llenar todos estos mismos requisitos.

Algunas de estas condiciones pueden ser intercambiadas, o sustituidas, por la misma representación diversa en los equipos de dirección y producción, que no se ven en la pantalla; pero todo obedece a un plan para enfrentar “el mayor desafío de nuestra historia para crear una comunidad más igualitaria e inclusiva...”.

Conviene separar, antes de seguir adelante, la justicia de las políticas de inclusión, que responde a una lucha de siglos de la humanidad, de la pretensión de imponer temas y cuotas dentro de la obra de arte, que representa por sí misma un campo infinito de diversidad, y así mismo de libertad, sin lo cual el acto creativo no sería posible. Y en esto equiparo al cine, del que he sido devoto, a la literatura, que es mi otra devoción.

He oído alegatos de que las alarmas respecto a estas reglas son exageradas, porque se trata de requisitos leves, que bien pueden ser evadidos parcialmente sustituyéndolos por los otros, invisibles, que atañen a la composición de los equipos de producción; y que, en todo caso, de tan leves, no se notarían, y el cine seguiría siendo el mismo.

La censura nunca es leve, y su tendencia es a avanzar, porque las exigencias que llevan a imponer cánones en el arte nunca se sacian, por mucho que las intenciones puedan parecer benévolas, o justicieras.

¿Y los libros? Comités editoriales celosos de reglas de contenido que no perturben al lector, o busquen evitar el arraigo de tendencias morales, políticas o filosóficas perjudiciales al conjunto de la sociedad.

Y cuando se trata de reglas, la naturaleza ideológica deja de importar. En la espléndida novela de Julian Barnes El ruido del tiempo, Stalin atormenta a Shostakovich porque quiere imponerle los parámetros del realismo socialista que canta las virtudes del hombre nuevo, siempre optimista, mirando hacia el futuro luminoso.

Censura desde el poder, pero también desde los grupos de presión. Cuando Memoria de mis putas tristes, la novela de García Márquez, fue convertida en México en una pieza de teatro, la representante de una organización feminista exigió que se prohibiera su representación, por las mismas razones morales que Lolita, la obra maestra de Nabokov, fue sacada de las bibliotecas públicas en Estados Unidos.

La regla debería ser entonces: “No se permite en las novelas la figuración como personajes con connotación sexual, de personas del sexo femenino menores de edad”. Esto incluiría, por supuesto, la pintura, para prevenir casos tan lamentables como el de los cuadros de Balthus, maestro de la incorrección.

Ganar espacios de representación, y conquistar la justicia postergada, o denegada, nada tiene que ver con la imposición de reglas que buscan entrar en el territorio de la creación artística, y moldearla, adaptarla, o limitarla. Al imponer a una obra de arte una camisa de fuerza, se le impone, a fin de cuentas, a toda la sociedad.

Sergio Ramírez
www.sergioramirez.com

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