‘Vi gente correr’

‘Vi gente correr’

Con los boleros y los tangos pasa lo mismo que con la poesía, que hay versos más oportunos que otros

06 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Se cuenta que el poeta Jaime Gil de Biedma le preguntó al crítico literario Francisco Rico cuál era el verso mejor logrado del bolero Esta tarde vi llover; y el académico respondió, sin vacilar, que lo era “vi gente correr”, que se muestra esplendente y oportuno entre los demás de la estrofa: “esta tarde vi llover / vi gente correr / y no estabas tú”.

La evocación de la ausencia que el compositor pretendía queda consumada. Y ya puede seguir adelante con la necesaria, y tan sentida, banalidad del resto de la canción.

Con los boleros y los tangos pasa lo mismo que con la poesía en general, que hay versos más oportunos que otros, y algunos son claves para producir esa luminosidad que se tiende entre los sentimientos de quien lee con los que inspiraron a quien compuso el poema o la canción, sea Gustavo Adolfo Bécquer o Armando Manzanero.

García Márquez, mago de las hipérboles, dijo alguna vez que Manzanero era “uno de los más grandes poetas actuales de la lengua castellana”.

No se puede establecer una línea divisoria tajante entre lo que se da en llamar poesía culta y las letras de las canciones que muchos cantan entre copas, o mientras se duchan, pero que no serían capaces de autorizar a que figuren en las antologías de la poesía castellana.

Hay letras cursis, claro, que explotan de manera bastante primaria, para no decir descarada, los sentimientos amorosos, que nunca dejan de tener una carga lacrimógena. Pero eso pasa también con mucha de la poesía de enamoramientos que leemos.

Nadie ha defendido con más valentía el territorio sagrado de lo cursi que Agustín Lara, quien se reconocía él mismo de 1960: “Soy ridículamente cursi y me encanta serlo. Porque la mía es una sinceridad que otros rehúyen... ridículamente. Cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi”.

Lara es un poeta modernista tardío. Los grandes del modernismo supieron sortear muchos de los escollos tramposos de la cursilería, riesgo constante que corrían por haber armado una parafernalia de decorados de cartón piedra en sus escenarios. Y Lara se luce al poner pie en esos jardines donde el extravío tiene el color azul: “El hastío es pavorreal / que se aburre de luz en la tarde...”.

Queda demostrado que la cursilería, a la que tanto se teme, es esencial a la condición humana. Pero no todo se mueve en ese espacio sospechoso de lo que podría ser cursi y por eso le tememos. Alfredo Lepera, que escribía las letras de los tangos de Gardel, era capaz de usar las palabras en su desnudez precisa y directa, y basta citar el inmarcesible tango Volver: “Pero el viajero que huye / tarde o temprano / detiene su andar” es un verso que suena Borges, o recuerda a Onetti.

El tango, igual que el bolero, es herencia del modernismo. “Tú que llenas todo de alegría y juventud / Y ves fantasmas en la luna de trasluz / Y oyes el canto perfumado del azul / Vete de mí...”, sigue cantando hasta la eternidad Bola de Nieve, el bolero de Homero Expósito, que en tantos sentidos es un tango.

Y el verso de Tomás Méndez de Cucurrucucú paloma, cómo sufrió por ella que hasta en su muerte la fue llamando, ¿no parecer ser parte de las estrofas en prosa de Juan Rulfo, alaridos íngrimos en la desolación del páramo mexicano?

Crecí entre tíos músicos que componían boleros y valses, y me admiro siempre de su sensibilidad para las palabras recogidas entre la pobreza en que vivían. Y esas palabras, anotadas en las partituras, surgían como joyas entre la broza natural de la cursilería, que era tan natural en sus vidas como lo era la belleza.

Alguien puede pensar en los boleros y en los tangos como una especie en extinción. El duelo por la muerte de Manzanero demuestra que no. Esto de la inspiración, que en tiempos posmodernos parecería ser palabra maldita por vergonzante, no es más que la caza furtiva de las palabras precisas, y de las combinaciones felices de palabras, que en las canciones seguirán surgiendo desde abajo, desde el olimpo del arrabal.

Sergio Ramírez
www.sergioramirez.com

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