Capitán, el niño está preocupado...

Capitán, el niño está preocupado...

El verdadero autor de ese texto se llama Alessandro Frezza, pero eso vale poco en las redes.

02 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

Cualquiera de ustedes se habrá topado en las redes sociales con un texto atribuido a Gabriel García Márquez, supuestamente extraído de El amor en los tiempos del cólera, y que empieza de esta manera:

“–Capitán, el niño está preocupado y muy incómodo debido a la cuarentena que el puerto nos impuso.

–¿Qué te preocupa, muchacho? ¿No tienes suficiente comida? ¿No duermes lo suficiente?

–No es eso, Capitán. No puedo soportar no poder desembarcar y abrazar a mi familia.

–Y si te dejan salir del barco y se contaminan, ¿cargarías con la culpa de infectar a alguien que no puede soportar la enfermedad...?”.

Muy al dedo para toda la suerte máximas filosóficas que ha traído consigo la pandemia, y que si se reproduce tanto es porque llena las expectativas de lo que queremos que alguien diga en nuestro nombre. Y mejor si lo hace García Márquez.

El verdadero autor se llama Alessandro Frezza, según algún acucioso ha ido a descubrir. Pero eso vale poco en las redes, sobre todo si nadie sabe quién es Alessandro Frezza, quien pasa más bien a convertirse en el impostor. ¿Quién es ese italiano que trata de plagiar a García Márquez?

Los textos que se ponen a circular bajo el nombre de escritores célebres son, generalmente, propios de libros de autoayuda. Cartas sentimentales de despedida al final de la vida, viajes espirituales en busca de la verdad. Todo dentro de los temas preferidos por Pablo Coelho. Y este sí es un misterio para mí: ¿por qué si Coelho goza de tanto prestigio en este terreno de los consejos sanos para bien vivir, nunca le atribuyen nada en las redes?

A finales del siglo pasado, cuando García Márquez se hallaba bajo tratamiento médico por causa de un cáncer, los fabricantes de bulos le atribuyeron una carta de despedida titulada ‘La marioneta’ y que empezaba:

“Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo...”.

Se trataba de un texto que el ventrílocuo mexicano Johnny Welch ponía en boca de su muñeco el Mofles en sus presentaciones. “Quiero decirles que estoy vivo y que lo único que me podría matar es que digan que yo escribí algo tan cursi”, dijo García Márquez. Y Welch ripostó: “a mí El amor en los tiempos del cólera me parece un libro maravilloso. Pero maravillosamente cursi”. Luego ambos se encontraron, y se reconciliaron.

Poco tiempo antes de la muerte de Borges, cuando aún vivíamos en la prehistoria de las redes sociales, se puso de moda un poema supuestamente suyo que sigue gozando de gran prestigio social. A su avanzada edad, parecía despedirse con un acto de contrición, como si hubiera desperdiciado su existencia en nimiedades.

El falso Borges prometía que si volviera a nacer comería más helados y menos habas, o daría más vueltas en calesita. Borges se subió a un globo aerostático, pero es difícil imaginarlo montado al caballito de un carrusel.

Un Borges sospechoso, por edulcorado. Pero en las redes eso poco importa; lo que vale es el sentimentalismo; la carta de despedida de García Márquez ni siquiera estaba escrita en clave de realismo mágico, pues no anunciaba un aguacero bíblico para el día de su muerte, y no llevaba, por tanto, sus señas de identidad.

La verdadera autora del poema atribuido a Borges era la estadounidense Nadine Stair, de nombre poco conocido. Se trataba de una confusión ocurrida en la redacción de un periódico de Buenos Aires, cuando, gracias a esas magias negras que suelen ocurrir en las mesas de edición, se publicó con el nombre de Borges.

José Saramago jamás hubiere pensado que se le pudiera endilgar algo como “hijo es un ser que Dios nos prestó para un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos...”. Pero así consta en esos anales imperturbables que son las redes sociales.

Y quién convence a nadie de que don Quijote jamás dijo “ladran, Sancho, señal de que cabalgamos”.

Sergio Ramírez
www.sergioramirez.com

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