Aquel otro 19 de julio

Aquel otro 19 de julio

La mañana del día del triunfo el general Sandino estaba en la pantalla del televisor.

24 de julio 2019 , 07:00 p.m.

Hoy viernes 19 de julio estoy volando desde Medellín, donde he presidido un jurado literario, hacia Lima, donde voy a la Feria Internacional del Libro. Oficios de la vida de escritor que dejan en suspenso la novela en el que estoy trabajando allá en Managua.

En mi memoria tengo el poema Límites, de Jorge Luis Borges, que habla de lo irrecuperable y de lo perdido, de la disolución del pasado, de última vez y nunca más y olvido, de las sombras, los sueños y las formas que destejen y tejen esta vida. De lo que pudo una vez ser, fue de alguna manera y ya no lo será nunca más. Aquella revolución.

Aquel otro 19 de julio, el de 1979, el día del triunfo, hace cuarenta años, tocó en jueves, y entonces, lejos del desencanto y la nostalgia, me hallaba en la ciudad de León, liberada por las columnas guerrilleras bajo el mando de la comandante Dora María Téllez, una estudiante de medicina de 24 años.

Doña Violeta de Chamorro, Alfonso Robelo y yo, miembros de la Junta de Gobierno constituida en el exilio, habíamos llegado cerca de la medianoche del martes 17, repartidos en dos avionetas, desde San José (Costa Rica), en compañía de otros futuros funcionarios, entre ellos Ernesto Cardenal, el ministro de Cultura. Aterrizamos en una pista de tierra para aparatos de fumigación de algodonales, alumbrada por dos ristras de candiles de kerosín.

Ernesto recuerda en un poema aquel momento: “El avión bajando. Un olor a insecticida. / Y me dice Sergio: “¡El olor de Nicaragua!”. Era el lejano y persistente olor de los campos sembrados de algodón que se esparcía en la medianoche llevado por los soplos de aire, que eran siempre de lluvia en el invierno de Nicaragua. Invierno cuando llueve, verano cuando no llueve.

Y la mañana del 19 de julio, en la casa donde acampábamos, antes del desayuno de arroz y fríjoles, el general Sandino estaba en la pantalla del televisor; la estación propiedad de la familia Somoza, ahora en manos de los guerrilleros.

De Sandino solo existían unos pocos metros de película en un viejo noticiero Movietone: es un close up. Se quita y se pone el sombrero. Eso era todo. La imagen silente tenía de fondo La tumba del guerrillero, la canción de Carlos Mejía Godoy, el inagotable compositor que le puso música a la revolución.

Las columnas de combatientes estaban entrando a Managua por todas las carreteras, arracimados en camiones de carga, a bordo de autobuses; las avanzadas habían tomado el aeropuerto internacional, también la loma de Tiscapa, asiento del poder de la familia Somoza; los soldados de la Guardia Nacional habían huido dejando un reguero de uniformes, salbeques, cananas, botas, fusiles; unos muchachos barbados se jabonaban en la tina del baño de la residencia del dictador y su amante; las oficinas del búnker donde dirigía las operaciones de guerra también habían sido ocupadas. El hotel Intercontinental, al lado del búnker, hervía de corresponsales de guerra.

Y el 20 de julio, que fue viernes, viajamos en una caravana de vehículos desde León a Managua, y abordamos un camión de bomberos para entrar en la plaza de la República, en adelante la plaza de la Revolución, frente a la Catedral Metropolitana, descalabrada por el terremoto de 1972; la plaza colmada de pueblo, la gente apretujada en las cornisas de la catedral, encaramada en las torres; un mar de banderas, un solo clamor.

Repaso mi libro de memorias sobre aquellos años, Adiós, muchachos, publicado hace 20 años, y leo los epígrafes: la canción de gesta fue un periódico que se llevó el viento, dice Ernesto Cardenal. Todo se quedó en el tiempo, todo se quemó allá lejos, dice la voz de Joaquín Pasos, perdida en la distancia. La plaza en fiesta se vacía de gente, y Borges vuelve a mi memoria para recordarme ese atareado rumor de multitudes que se alejan.

Y también me susurra: para siempre cerraste alguna puerta. Y hay un fulgor que se filtra por las rendijas de esa puerta.

www.sergioramirez.com

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