Los avatares de la democracia

Los avatares de la democracia

Es evidente que ese afán de perfeccionar la democracia representativa sigue siendo solo un proyecto.

09 de octubre 2018 , 12:10 a.m.

El azar quiso que en mi tránsito entre Grecia e Italia se realizara en Roma el ‘Foro global sobre democracia directa moderna y la legitimidad del sistema democrático representativo’, y yo leyera sus conclusiones en The World Post.

Hablo del azar porque este viaje me ha hecho repensar las virtudes y las falencias de la democracia ateniense y de la República romana. Ahora entiendo con mayor claridad el desencanto de la gente con los partidos políticos y con las limitaciones que la democracia representativa impone a la participación efectiva de los ciudadanos.

El reclamo que se escucha en Estados Unidos, México, Colombia, Grecia o Italia es que los gobernantes no oyen a los gobernados, y lo que los expertos del Foro Global exploran son fórmulas para incrementar el poder participativo de los medios sociales en la democracia y los efectos que tendrían mecanismos como el del referendo en la gobernanza democrática.

Históricamente, el debate sobre la legitimidad de la democracia representativa no es nuevo. Ya en el siglo V antes de Cristo se planteó en la confrontación entre Pericles, quien defendía la atribución de poder a los ciudadanos, y una enigmática figura conocida como el Viejo Oligarca, para quien resultaba inconcebible que la opinión de los ciudadanos ignorantes que no contribuían económicamente al Estado valiera lo mismo que la de quienes invertían su riqueza para el bienestar general. La visión del Viejo Oligarca era más realista. En la democracia ateniense, las decisiones de gobierno las tomaba una asamblea en la que solo los hombres podían participar y los oligarcas decidían. Ni las mujeres ni los esclavos tenían los mismos derechos políticos.

En Roma, la Constitución proclamaba principios democráticos, pero en la práctica no existía una república democrática y sus gobernantes eran miembros de la élite aristocrática. Curiosamente, Alexander Hamilton argumentaba en El federalista que la aspiración de Estados Unidos era fundar una república democrática inspirada en la República romana.

La idea de utilizar los medios sociales como detonadores del cambio no es nueva: se utilizaron durante la llamada Primavera Árabe, iniciada en Túnez hace siete años y continuada en Egipto, Libia, Yemen y Siria, pero también sucumbió ante la realidad. Hoy, en Túnez solo subsiste un frágil sistema semidemocrático.

El mecanismo de iniciativas y referendos para incrementar la participación ciudadana tampoco es novedoso, pero, en lugares como California, donde está vigente, su propósito ha sido desvirtuado. Los grupos de intereses se han adueñado del proceso, y la información que ofrecen para calibrar sus pros y contras es generalmente insuficiente, confusa y frecuentemente falsa.

Lo nuevo es la creación de procesos como el crowdlaw, que, a través de plataformas sociales, posibilita la participación de la gente en la administración de los bienes públicos en colaboración con las autoridades electas. Hoy, infinidad de ayuntamientos y parlamentos han montado portales en línea en los cuales los ciudadanos pueden colaborar en la redacción de proyectos de ley, generando así una ‘inteligencia colectiva’ que se nutriría de las opiniones de los expertos y las observaciones de los ciudadanos.

Hasta ahora, el crowdlaw ha servido para formular la plataforma política de Podemos, en España, o del Movimiento Cinco Estrellas, en Italia, pero ha sido incapaz de crear legislación. Tratándose de estos dos partidos, yo tendría que agradecerles a los políticos electos en dichos países que no hayan prosperado.

No dudo de que la crisis de la democracia representativa es real ni niego el posible papel de las plataformas sociales para intentar perfeccionarla, pero es evidente que ese afán sigue siendo hoy solo un proyecto.

SERGIO MUÑOZ BATA

Columnistas

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