La tragedia como motor de la libertad

La tragedia como motor de la libertad

El nuevo virus no cambiará el sistema autoritario chino pero traerá nuevos aires de libertad.

10 de febrero 2020 , 07:10 p.m.

La estadística es escalofriante. Hay, por lo menos, más de 700 muertos, 30.000 contagiados y millones en cuarentena en China y otros 24 países. Peor aún, todavía no sabemos la magnitud de la catástrofe ni cómo compararla con otras epidemias como la del SARS, que entre 2002 y 2003 registró 8.098 personas infectadas, de las cuales murieron el 10 por ciento; o con el virus de la influenza H1H1, que en todo el mundo mató aproximadamente a 284.000 personas en 2009, porque a diario empeora.

Lo que sabemos con absoluta certeza es que en diciembre del año pasado, ocho doctores del Hospital Central de la ciudad de Wuhan mantuvieron un chat en línea en el que expresaron su preocupación por algunos casos de un tipo inusual de neumonía.

Frente a la posible emergencia, las autoridades de salud de la ciudad reaccionaron siguiendo la consigna del Partido Comunista Chino y ordenaron a los hospitales que se abstuvieran de reportar públicamente sobre este caso. Acto seguido, la policía acusó a los ocho doctores de “propagar rumores”.

El celo autoritario se ensañó especialmente con uno de ellos. El oftalmólogo Li Wenliang fue reprendido por la policía y obligado a firmar una declaración de arrepentimiento por “propalar falsos rumores”. Unas semanas después, el Dr. Li contrajo el virus que la semana pasada terminó con su vida.

La noticia de su muerte provocó que, de inmediato, cientos de millones de usuarios de Weibo, un medio social semejante a Twitter, difundieran la fotografía del doctor y le rindieran homenaje al whistle-blower silbando el tema de la película 'Les Misérables'. ¿Oyes cantar a la gente?

Simultáneamente empezó a circular por internet el reporte policiaco en el que se lo acusaba de “conducta ilegal”, donde Li admitía ser culpable escribiendo: “Lo entiendo”. Sobrepuesto al mensaje, algún usuario expresó el sentir de la gente modificando el texto para decir: “Nosotros no lo entendemos”.

Conforme crece la indignación de los ciudadanos surgen nuevas investigaciones que revelan que las autoridades de Wuhan no solo ocultaron información sobre el número de casos reportados, sino que, en su afán por desprestigiar a los denunciantes y evitar que la ciudad entrara en cuarentena, promovieron reuniones masivas que contribuyeron considerablemente a aumentar el contagio.

A manera de esquela, también se publicó en Weibo la exigencia al gobierno de Wuhan para que ofreciera una disculpa pública al Dr. Li. El sitio fue visitado 180 millones de veces antes de que los censores lo pudieran borrar.

Esta no es la primera vez que la ciudadanía reacciona contra el Gobierno chino cuando sucede una catástrofe y las autoridades optan por minimizarla ocultando información. Lo mismo sucedió después del terremoto de 2008 en la provincia de Sichuan, en el que murieron más de 70.000 personas, entre ellas 10.000 niños muertos en edificios escolares mal construidos.

Y en 2011, cuando China sufrió el peor accidente ferroviario de su historia y los dirigentes del Partido Comunista prohibieron la publicación de noticias del siniestro y les ordenaron a los medios publicar solo noticias positivas, incluyendo caricaturas graciosas.

De hecho, lo que el incidente de Wuhan muestra es que hoy, en China, el común denominador que va de Wuhan a Hong Kong a Taiwán es la lucha del pueblo chino en favor de la libertad de expresión.

Por enésima ocasión se demuestra que en un sistema autoritario no basta con abrir un poco el sistema económico para que la gente acepte vivir en un sistema político cerrado. A corto plazo, ni la tragedia de Wuhan, ni el sacrificio del Dr. Li ni la Revolución de los Paraguas en Hong Kong cambiarán sustancialmente el sistema autoritario chino, pero sin duda traen vientos de libertad.

Sergio Muñoz Bata

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