La globalización de la violencia

La globalización de la violencia

Las causas de la violencia pistolera varían de país a país; igual que la capacidad para controlarla.

04 de septiembre 2018 , 12:00 a.m.

En los primeros cinco meses de 2018, en Estados Unidos, el número de estudiantes asesinados en sus escuelas superó la cifra de soldados estadounidenses muertos en combate en ese mismo lapso: 27 jóvenes y cuatro adultos murieron en tiroteos en las escuelas y 13 soldados en el campo de batalla. La cifra no incluye los 29 militares que murieron accidentalmente en prácticas de entrenamiento, no por arma de fuego.

El dato, publicado en The Washington Post, me estremeció, quizá porque mis nietos están en edad escolar, pero también me hizo dudar de la validez del comparativo. ¿Hasta qué punto esta instantánea de cinco meses es reflejo de la realidad? ¿Será cierto que las armas de fuego en manos de civiles son más letales que los fusiles de los soldados en conflictos armados?

Mis dudas las resolvió un artículo publicado en el último número de la prestigiosa revista de la Asociación Médica estadounidense que reporta que, en 2016, más de un cuarto de millón de personas murieron en 195 países a causa de los más de mil millones de armas de fuego que hoy están en manos de la gente. El reportaje de Jama no incluye muertos en guerras, asesinatos masivos o ataques terroristas, pero apunta que entre 1990 y 2016 el número de muertos en combate fue tan solo una mínima fracción de la cifra de homicidios, suicidios o accidentes con armas de fuego.

La diferencia entre los países en los que más se respeta la vida y en los que más se le desdeña son los controles de la venta de armas.

Para ahondar mi malestar, leí también que más de la mitad de esas muertes ocurrieron en seis países del continente americano. Brasil, Estados Unidos, México, Colombia, Venezuela y Guatemala. Sorprendentemente, la lista no incluye a Honduras y El Salvador, dos naciones cuya tasa de homicidios supera la de cuatro países mencionados en el artículo.

Otro de los hallazgos del estudio de Jama es que en los Estados ricos, como Australia, Canadá, Alemania o Estados Unidos, el número de suicidios con arma de fuego es mayor que el de los homicidios, pero menor que el de muertes accidentales. En Estados Unidos, donde habita el 4,3 por ciento de la población mundial, el suicidio con arma de fuego representa el 35 por ciento de los suicidios en todo el mundo, y la tasa de adultos mayores de edad que se suicidan es del doble que la de los homicidios.

La diferencia entre los países en los que más se respeta la vida y en los que más se le desdeña son los controles de la venta de armas. Mientras más rigurosos son, menores las incidencias. En Singapur, por ejemplo, el riesgo de que alguien muera de un balazo es de uno en un millón, mientras que en Estados Unidos es de 106 en un millón.

Las causas de la violencia pistolera varían de país a país, al igual que la capacidad o incapacidad de los gobiernos para controlarla. Sus causas son muchas: el comercio ilícito de drogas, el consumo de alcohol, la falta de servicios de salud mental y de mecanismos de protección para mitigar la violencia doméstica, la pobreza, la debilidad de las instituciones, la falta de profesionalización de los cuerpos policíacos o la corrupción. Pero el común denominador es la creciente proliferación de armas de fuego en todos estos países, inclusive en aquellos donde existen mecanismos más o menos rigurosos para controlar su venta.

En México, por ejemplo, la venta legal de armas es sumamente restringida, pero el comercio ilegal es mayúsculo. Entre 2009 y 2014, más del 70 por ciento de las armas incautadas por el Gobierno mexicano fueron vendidas en Estados Unidos y transportadas ilegalmente a México. Se estima que anualmente 253.000 armas de fuego cruzan la frontera de Estados Unidos hacia México.

La conclusión del estudio es clara: “Las armas de fuego son un importante problema de salud pública, y su costo social y económico se extiende más allá de la inmediata pérdida de vidas”.

Lo que no queda nada claro es cómo solucionar el problema.

SERGIO MUÑOZ BATA

Columnistas

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