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La democracia en Estados Unidos y Afganistán

La democracia en Estados Unidos y Afganistán

¿Hasta qué punto el fracaso de Afganistán se debe al deterioro de los valores democráticos en EE.UU?

04 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

La debacle de la retirada de tropas estadounidenses de Afganistán ha provocado un nuevo debate sobre la viabilidad del concepto de ‘reconstrucción del país, o lo que en inglés se conoce como Nation Building, como sustento de la política exterior de Estados Unidos.(Lea además: Adiós y gracias, Angela Merkel)

En este país, la política exterior siempre ha oscilado entre el idealismo y el realismo. Los llamados ‘idealistas’ piensan que Estados Unidos, en cuanto nación indispensable, tiene la obligación moral de intervenir militarmente cuando un régimen dictatorial infringe los derechos de sus conciudadanos. Por ello, una vez consumada la intervención, es su obligación dedicarse a la reconstrucción del país ‘liberado’ de su dictadura.

Por otra parte, los realistas reconocen que el poderío militar estadounidense es limitado y que las intervenciones militares no solucionan los problemas, sino que, por lo general, los agravan. Los realistas ven el mundo del poder y la seguridad, tal ‘como es’, no como ‘debería ser’. Desde la perspectiva realista, cuando los intereses nacionales entran en contradicción con los principios y normas que dicta la ética y la moral vigente, se recurre a la razón de Estado. El interés nacional es el principal objetivo de la política exterior del país.

Estados Unidos invadió Afganistán el 9 de octubre de 2001, según dijo el presidente George W. Bush, “para llevar a Al Qaeda a la justicia” por los atentados terroristas del 11 de septiembre. Nada se dijo entonces de derrocar al gobierno talibán, aunque para diciembre de ese mismo año lo derrumbaba. Tampoco se habló de reconstruir el país una vez pacificado.

(Afganistán) Es un país subdesarrollado, agobiado por las disputas tribales, inseguro, con enormes niveles de corrupción. En pocas palabras, un Estado fallido.

En mayo de 2011, cuando Barack Obama anunciaba la muerte de Osama bin Laden en una operación de las fuerzas especiales estadounidenses, la razón de ser de la ocupación había cambiado radicalmente. Contradiciendo su repudio a la política de “reconstrucción de país” que Bush hijo había manifestado durante sus campañas presidenciales, el ahora presidente cambiaba la tonada y justificaba la prolongación de la guerra bajo la promesa de la reconstrucción del país.

Tras veinte años de la invasión, ninguno de los objetivos de la nueva política se cumplió. En Afganistán, la seguridad, el abastecimiento de comida, el albergue y los servicios básicos que permiten transitar de una sociedad violenta a una pacífica no se cumplieron. Menos aún, la quimera de la democratización. Frente a la desoladora realidad, la pregunta central es: ¿por qué no se pudo?

Hasta ahora, la respuesta tradicional era creíble. La reconstrucción es posible cuando se trabaja sobre lo que alguna vez ha existido. El famoso Plan Marshall, que sirve como modelo de ‘reconstrucción de países’, fue un éxito a finales de los 40 y principios de los 50 porque en los países beneficiados, Alemania, Francia, Italia, Suecia y trece más, existía una infraestructura industrial, eléctrica, hidroeléctrica, de carreteras y vías férreas, en todos ellos antes de la Segunda Guerra Mundial. No así en Afganistán. Un país subdesarrollado, agobiado por las disputas tribales, inseguro, con enormes niveles de corrupción. En pocas palabras, un Estado fallido.

Hoy se cuestiona hasta qué punto el fracaso en Afganistán se debe a que un país como EE. UU. no tiene las credenciales para exportar valores democráticos a otros países porque se ha erosionado la rendición de cuentas de quienes ostentan el poder, la aplicación universal de los derechos humanos es inconsistente, la prevención de la influencia financiera corrupta sobre las decisiones políticas se ha debilitado y la cobardía para cuestionar la veracidad fundamental de las declaraciones públicas va en aumento.

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SERGIO MUÑOZ BATA

(Lea todas las columnas de Sergio Muñoz Bata en EL TIEMPO, aquí)

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