¿Igualdad de género en el fútbol?

¿Igualdad de género en el fútbol?

Las futbolistas estadounidenses demandan paridad laboral con los futbolistas.

17 de junio 2019 , 07:54 p.m.

Para sorpresa de nadie, este domingo, en la Copa Mundial de Fútbol de Francia 2019, la selección estadounidense venció a la de Chile 3-0, y se encamina para refrendar su título de campeona.

Me refiero, por supuesto, a la selección femenina de fútbol de Estados Unidos, que, a diferencia de la de los hombres, ha ganado tres de las siete copas jugadas desde que empezó el Mundial Femenino, en 1991. Su última fue en 2015.

También ha ganado cuatro de las seis medallas de oro olímpicas desde que se incluyó el fútbol femenino como deporte olímpico, en 1996. Según el ranking de la Fifa, las estadounidenses han sido el mejor equipo femenil del mundo en diez de los últimos once años.

Y en esta época del #MeToo y el #TimesUp, en la que esta historia de éxito ininterrumpido no podía pasar desapercibida, las futbolistas se han asesorado legalmente para exigir paridad laboral con los futbolistas.

En su demanda, las mujeres expusieron que las obligan a jugar más partidos que al equipo masculino, que sus resultados son mucho mejores pero reciben menos paga de la federación.

En un principio, su planteamiento me sorprendió, y los exaltados escritos de algunas activistas que planteaban comparaciones absurdas me confundieron aún más. “Es injusto –escribían las radicales– que Neymar Jr. gane en el PSG el equivalente a la suma del salario de 1.693 jugadoras”. Sí, pensé, pero tiene su razón de ser, y nada que ver con la demanda planteada.

La estrategia de las jugadoras que hace tres meses presentaron una demanda legal por años de discriminación de género contra la Federación de Fútbol de Estados Unidos es tremendamente sensata. La discriminación que sufren, alegan, afecta no solo sus ingresos, sino que propicia desigualdad en las condiciones de viaje a sus partidos, en las canchas en las que juegan, en la frecuencia de sus juegos y el tratamiento médico que se les ofrece.

En su demanda, las mujeres expusieron que las obligan a jugar más partidos que al equipo masculino, que sus resultados son mucho mejores pero reciben menos paga de la federación. Plantearon que si una selección femenina y una masculina hubieran jugado 20 partidos en un año, los hombres habrían ganado, en promedio, 263.320 dólares, mientras que las mujeres, solo 99.000.

En 2016, por ejemplo, en vez de que la federación perdiera casi medio millón de dólares por los fracasos de la selección varonil, ganó 17,7 millones gracias a los triunfos de las mujeres. Sin embargo, las mujeres ganan, en promedio, 38 centavos por cada dólar que los hombres reciben. El salario mínimo de las futbolistas es de 16.538 dólares anuales y el máximo, de 37.800, mientras que el mínimo de los hombres es de 50.000 al año. Por otro lado, si hace diez años la asistencia de público a un partido femenil era 15 veces menor, hoy la diferencia es mínima.

Fuera de Estados Unidos, y aunque con marcadas diferencias según los países, el camino por recorrer para las ligas femeninas se ve largo y difícil. En la actualidad no existen muchas ligas profesionales de fútbol femenino, y la mayor parte de las que hay no son rentables.

En el continente americano, aparte de las ligas en EE. UU., Brasil, Argentina, México, y recientemente Colombia, hay pocas ligas femeninas profesionales, y en todas ellas se dan hechos lamentables de discriminación. Se habla mucho, por ejemplo, de futbolistas colombianas que tuvieron que utilizar su propio dinero para pagar sus gastos.

La causa de las futbolistas estadounidenses es justa, pero es imprescindible que eviten comparar lo incomparable. Es absurdo argumentar, como algunas comentaristas lo han hecho, que es injusto que grandes estrellas como Neymar Jr. o Cristiano Ronaldo ganen más que cientos de jugadoras juntas.

Este tipo de comparaciones le restan seriedad al asunto y equivalen a comparar peras con manzanas. Peor aún, es el tipo de argumento que mina la sensatez de la lucha por la igualdad de género.

Sal de la rutina

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