En defensa de la democracia

En defensa de la democracia

La izquierda democrática iberoamericana debe recuperar la coherencia apoyando a Almagro en la OEA.

06 de abril 2020 , 05:29 p.m.

Ni la artimaña de la amenaza del coronavirus con la que el Gobierno argentino intentó posponer la elección del Secretario General de la Organización de Estados Americanos ni los argumentos decimonónicos del actual gobierno mexicano pudieron descarrilar la reelección de Luis Almagro en la OEA.

El excanciller uruguayo se ganó la reelección por su compromiso inquebrantable con la Carta Democrática Interamericana adoptada durante la administración del colombiano César Gaviria en 2001, y suscrita por todos los países de continente.
Desde 2015, cuando inició su gestión al frente de la organización panamericana, Almagro entendió que la defensa y la promoción de la democracia son la razón de ser de la OEA.

Con su estilo directo y un lenguaje despojado de eufemismos o adulaciones, de inmediato marcó distancias con la blandengue y patética administración del chileno José Miguel Insulza. En los diez años que fungió como Secretario General de la organización, Insulza nunca levantó la voz para defender el sistema democrático en la región. En los cinco años que Almagro lleva en el puesto, se ha convertido en el azote del autoritarismo en el subcontinente.

A diferencia de lo que sucedía en los años 50 y 60, cuando las dictaduras en el hemisferio eran de derecha, los viejos caciques de antes reencarnan ahora disfrazados de líderes de la izquierda en Nicaragua, Venezuela y Bolivia. Y desde la OEA, Almagro los mantiene en la mira.

En su último informe sobre Nicaragua, la OEA confirmó que las violaciones de los derechos humanos, que prevalecen desde 2018, conducen a una alteración del orden constitucional que afecta gravemente el orden democrático y viola la Carta Democrática Interamericana.

“En Venezuela –dice Almagro– hay una dictadura”. Es un régimen que “no respeta la separación de poderes ni las garantías individuales, que tiene presos políticos y que es indiferente a una crisis humanitaria y social sin precedentes en el país”.

De las pasadas elecciones en Bolivia, en las que Evo Morales intentó reelegirse para un cuarto mandato, los observadores de la OEA denunciaron que hubo una “manipulación dolosa” que incluyó quema de actas, redirección de votos a servidores ocultos, duplicación de nombres, falsificación de firmas de jurados de mesas y en el conteo de los votos.

Y ha sido precisamente la denuncia de Almagro de estas violaciones de los principios democráticos en América Latina la que ha desatado la campaña en su contra de parte de algunos gobiernos y de algunos centros de estudios ideológicamente alineados a la izquierda, como Coha o el Center for Research and Policy. El actual gobierno mexicano, a diferencia de los cuatro gobiernos anteriores, dos del PAN y dos del PRI, que finalmente habían adoptado una política más acorde con nuestra época y con el resto del mundo civilizado, sigue escudándose en el anacrónico principios de la “no intervención” para formular una política exterior que se niega a aceptar que la defensa de los derechos humanos y de la democracia no tienen fronteras. ¿Será porque así cree que se protegerá del escrutinio externo?

Irónicamente, quienes hoy se oponen a Almagro por haber aplicado con rigor la Carta Democrática a los gobiernos antidemocráticos de la región se olvidan que fue precisamente la reafirmación de los principios de la Carta, y los esfuerzos personales de Gaviria, los que permitieron restaurar el orden constitucional en Venezuela después del golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002.

La verdadera izquierda democrática iberoamericana tiene que recuperar la coherencia denunciando a los bribones. Sin unidad de criterios universalmente aceptados, la Organización de Estados Americanos volverá a la mediocridad y a la insulsa irrelevancia que sufrió en el pasado.

Sergio Muñoz Bata

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