Celebremos 30 años de libertad en Berlín

Celebremos 30 años de libertad en Berlín

La tarea pendiente en Alemania es reafirmar la reconciliación que lograron en 1989.

12 de noviembre 2019 , 02:03 a.m.

Me hubiera gustado mucho haber estado la semana pasada en la puerta de Brandeburgo celebrando el 30 aniversario de la caída del muro de Berlín, la reunificación de las dos Alemanias, y la libertad de los países de Europa Oriental, junto a más de 100.000 alemanes y visitantes extranjeros. Y me hubiera gustado escuchar al presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, celebrando el triunfo de la libertad, pero previniéndonos de las nuevas amenazas que su país enfrenta. 

“Esta muralla masiva, esta estructura inhumana que cobró tantas vidas ya no está aquí. Ese muro ha desaparecido”, dijo Steinmeier. Pero, continuó, hay quienes siguen erigiendo “muros de frustración, muros de ira y de odio; muros de silencio y de enajenación; murallas que son invisibles pero dividen; muros que estorban para unirnos… y que solo nosotros podemos derribar”.

Desde 1968, cuando viajé por primera vez a Alemania, la imponente presencia de una muralla-prisión para evitar que sus ciudadanos escaparan me causó un profundo impacto. Viajar de Varsovia a Berlín en esa época fue un vía crucis porque, llegando a territorio alemán, el camino se angostaba y solo había un corredor para autos y camiones que desembocaba en un paisaje desolador de edificios abandonados, áreas minadas, perros iracundos y alambres de púas que coronaban un muro que circundaba el sector oriental.

En un vano esfuerzo por ganar la guerra de la propaganda, las autoridades de Alemania Oriental justificaban la construcción del muro como un esfuerzo de contención para proteger a la población de las fuerzas fascistas que conspiraban para socavar el paraíso comunista.

Del otro lado del Muro también había tensión. Los jóvenes cuestionaban a sus padres de su quehacer durante la dictadura nazi; las protestas contra la guerra en Vietnam y la visita del shah de Irán proliferaban; la policía reprimía brutalmente a los manifestantes y los extremistas de izquierda respondían secuestrando, robando y matando.

Volví a Alemania en noviembre de 1987, cuando los vientos de rebeldía que habían empezado a soplar en Hungría en 1956; en la Praga de Alexander Dubcek en 1968; en Gdansk, Katowice y Varsovia en los 80 y en la propia Unión Soviética, que con el glasnost y la perestroika de Gorbachev aislaban a Alemania del Este no solo de Occidente sino de sus propios vecinos “socialistas” en Europa Oriental.

La división y la desconfianza se ahondaban en Alemania ante el temor de que una vez derribado el Muro sobrevendría la avalancha humana y los alemanes occidentales tendrían que subsidiar a un país en total bancarrota, y los alemanes orientales pensaban que la reunificación los llevaría a vivir en un mundo incierto e inseguro. En Magdeburgo, en 2005, platiqué con nostálgicos que añoraban el estado de bienestar en el que vivían y repudiaban el materialismo y la falta de solidaridad en Occidente.

Hoy, Alemania nos muestra que no ha sido inmune a la polarización política que paraliza a medio mundo. Pero para enfrentar a los extremismos de izquierda y derecha que se empeñan en sembrar la discordia el antídoto es recordar el discurso de la canciller Ángela Merkel desde Bernauer Strasse, en 2014: “La caída del Muro nos demuestra que los sueños pueden hacerse realidad y que nada tiene por qué seguir como estaba. Que no importaba qué tan altas fueran las barreras porque siempre podemos cambiar las cosas para mejorarlas”.

Para Merkel, Alemania ha ido reencontrando su identidad milenaria y los alemanes han encontrado la manera de “hacer las paces” entre ellos mismos, o como se dice en alemán, ‘aufarbeitung’, una expresión que en inglés significa ‘coming to terms’ con su pasado. Hoy la tarea pendiente es reafirmar el ‘aufarbeitung’, pero esta vez viendo hacia el futuro.

SERGIO MUÑOZ BATA

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