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Resurgimiento y fracaso del KKK en Estados Unidos

Resurgimiento y fracaso del KKK en Estados Unidos

Tratar de establecer equivalencias entre Black Lives Matter y White Lives Matter es un contrasentido

13 de abril 2021 , 12:36 p. m.

Este domingo, el Ku Klux Klan, el Partido Neonazi, seguidores de Donald Trump y otros grupos como Puño Ario, División Atomwaffen y skinheads salieron a las calles de Estados Unidos a proclamar que ‘Las vidas blancas importan’.

Agrupados bajo este eslogan, los miembros del movimiento supremacista blanco en Estados Unidos pretenden contrarrestar la fuerza moral y política del movimiento Black Lives Matter. Un movimiento que surgió en 2014 para protestar la violencia policiaca contra la población afroamericana y cobró fuerza con el asesinato de Michael Brown, un adolescente negro, desarmado y con las manos en alto, que fue baleado durante un altercado baladí con la policía de Ferguson, Misuri.

Dos años después de este incidente, el viejo y desprestigiado Ku Klux Klan que aterrorizó a la población negra con linchamientos y asesinatos resucitó, animado por el lenguaje racista de Donald Trump, enarbolando el eslogan como emblema de su lucha. De inmediato surgió un alud de falsas analogías. “Las vidas azules importan”, dijeron los defensores de la policía; “Todas las vidas importan”, sostuvieron los discípulos de Perogrullo.

Desde mi perspectiva, tratar de establecer equivalencias entre las distintas causas es un contrasentido. Black Lives Matter es el grito desesperado de una comunidad ultrajada que exige justicia para los descendientes de seres humanos que fueron traídos a este país como esclavos; que al ser liberados fueron segregados, maltratados y deshumanizados; que sufre el desproporcionado acoso letal de la policía y que, sobre todo, exige respeto.

White Lives Matter (WLM) es un movimiento racista formado por supremacistas blancos que en su declaración de principios se dice “dedicado a la promoción de la unidad de los blancos contra las voces que atentan contra nuestra raza”, y cuyos enemigos son “quienes amenazan nuestro modo de vida: los homosexuales, los inmigrantes ilegales, los negros, los judíos y los musulmanes”.

Según Rebeca Barnette, presidenta del Partido Nacional Socialista y cofundadora de WLM, “ya es hora de que la sangre de nuestros enemigos riegue nuestro suelo para formar el nuevo mortero con el que reconstruiremos nuestra tierra”.

Es una idea que coincide con la convicción de muchos de los insurrectos que el pasado 6 de enero entraron por la fuerza al Capitolio para intentar dar un golpe de Estado, y que creen que las minorías y los inmigrantes buscan reemplazar a los blancos. Y con la de grupos neonazis que en 2017 marcharon en Charlottesville, Virginia, gritando consignas antisemitas.

Este domingo, las protestas organizadas por White Lives Matter fueron un fracaso rotundo. A su convocatoria acudieron más miembros del movimiento Black Lives Matter que repudian el fascismo.

Pero este pequeño triunfo no resuelve el problema de fondo. El mismo domingo supimos que un joven militar negro-latino entabló una demanda millonaria contra dos policías de Windsor, Virginia, que lo detuvieron, lo apuntaron con sus armas, le rociaron la cara con gas pimienta, lo obligaron a bajar de su auto y arrodillarse, lo esposaron y luego, cuando se percataron de que su detención había sido arbitraria, intentaron convencerlo de que se olvidara del asunto y se fuera a su casa sin reportar el atropello sufrido.

La humillación sufrida por el teniente del ejército no fue un incidente aislado, sino parte de un patrón conocido en la comunidad negra como el ‘delito de conducir siendo negro’. Una descripción sardónica que implica que la detención de un automovilista negro por la policía suele deberse más a prejuicios raciales que a una infracción de tránsito.

La lección en ambos casos es clara. A la intolerancia neonazi y al abuso policiaco hay que responderles con valentía y con la ley.

Sergio Muñoz Bata

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