Promoviendo el crecimiento

Promoviendo el crecimiento

Los sobrecostos son lo que impide que empresarios salgan adelante en nuestras cadenas productivas.

22 de noviembre 2020 , 12:49 a. m.

En épocas de crisis económica, el discurso de los gobernantes suele volcarse sobre la promoción del consumo de productos locales: ‘Compra lo colombiano’ (Belisario en 1982), ‘hacer América grande otra vez’ (Trump en 2016) o ‘agricultura por contrato local’ (Duque, sancionando la ley de beneficios a la producción local).

Si bien ello resulta entendible desde el punto de vista político, ese enfoque económico semiautárquico termina generando serios problemas comerciales, promueve la captura de rentas, encarece la provisión de bienes y servicios y estanca la productividad del país. Con frecuencia se olvida que en Colombia contamos con flotación cambiaria peso-dólar, la cual opera como estabilizador automático en épocas de crisis, pues la acelerada devaluación (+ 90 % desde 2014) contrarresta el supuesto daño de bajos aranceles de importación, hoy promediando 6 %.

Por ejemplo, problemas de bajos precios de la papa local, ocasionados por una pandemia que cierra restaurantes, no debe enfrentarse con sobre aranceles, sino con gasto social focalizado en micro-productores, mientras se logra la normalización en 2021-2022. Estar recurriendo a medidas arancelarias o a restricciones cuantitativas unilaterales es lo que le resta visión de largo plazo a la inversión productiva. Dicha inversión debería estar llegando al país para aprovechar los TLC que se tienen desde hace ya una década con Estados Unidos y Europa, cubriendo el 70 % de nuestro potencial comercial real.

Lo que impide que empresarios juiciosos salgan adelante en nuestras cadenas productivas no son los aranceles, sino los “sobrecostos Colombia”: 50 % a nivel no salarial, 40 % en fletes de transporte y 25 % en la provisión de energía. Resulta paradójico que algunos empresarios exitosos de los años ochenta ahora clamen por volver a cerrar la economía, en vez de insistir en el desmonte de dichos sobrecostos.

De hacerlo, ellos serían los primeros beneficiados al expandirse la demanda por sus productos desde el exterior, en vez de seguirles apostando a empresas pequeñas, de baja productividad y viviendo de rentas que encarecen nuestro costo de vida. Sin estas reformas, todo el discurso del nearshoring que se está promoviendo en pospandemia será otra página insulsa de los PowerPoint.

El ejemplo más serio de lo que tocaría estar haciendo acaba de ocurrir tras intensos tres años de negociación: se firmó el mayor acuerdo comercial del mundo, denominado Pacto Económico Regional Comprensivo (RCEP, en inglés). Allí participan un total de 15 países, incluyendo el bloque de Asia emergente (con Indonesia y Malasia), Australia-Nueva Zelanda y China, representando un 30 % del comercio global.

Por el momento, India no ha entrado al estar reclamando la inclusión del sector de servicios tecnológicos, pero seguramente lo hará en el futuro. Los grandes ganadores han sido la industria asiática y los commodities energéticos y agrícolas de Australia. Estados Unidos aspiraba a lograr algo similar para ellos a través del Transpacífico, pero hasta Hillary (por razones políticas) terminó rechazándolo en 2015.

Dicho superacuerdo comercial está lejos de ser perfecto, pero aun así lo firmaron grandes y pequeños, sabiendo que tendrán que pulir las llamadas ‘listas negativas’ que aceptan todo lo allí no incluido, especialmente en el sector servicios.

Estratégicamente, este acuerdo dejó por fuera el complejo tema de los ‘salarios justos’ y las restricciones ambientales, lo cual requerirá que Biden pronto se estrene realizando alianzas con la Unión Europea para presionar regulaciones laborales y ambientales más estrictas, tal como se logró hacer con México y Canadá al reescribir el Nafta. En síntesis, no es cerrando nuestra economía y forzando el consumo de lo local como saldremos adelante en crecimiento y productividad.

SERGIO CLAVIJO​

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