Un pasado que se rehúsa a pasar

Un pasado que se rehúsa a pasar

En ambos países nos impiden reelaborar nuestro pasado y anulan nuestro derecho a la verdad.

04 de abril 2019 , 07:00 p.m.

El artículo Escritas da tortura de Jaime Ginzburg aborda las representaciones de regímenes autoritarios en la literatura brasileña; una de ellas se encuentra en el cuento O Condomínio de Luis Fernando Veríssimo. En este cuento, los protagonistas, João, exmilitante de izquierda, y Sergio, dueño de una empresa de seguridad y vigilancia, viven en un mismo conjunto residencial. João llega un día atormentado a su casa a contarle a su esposa que Sergio, el vecino, es quien lo torturó durante la dictadura militar. Intenta recordar el apodo de su verdugo, pero su memoria está perturbada. Empieza así una alternancia entre el recuerdo del trauma de la tortura y la narración en tercera persona de una reunión del conjunto en la que los vecinos elitistas se encuentran para resolver unos problemas de seguridad. En un momento en que se encuentran a solas, João desafía a Sergio y le pregunta cuál era su apodo; Sergio le responde que, después de tanto tiempo, eso ya no tiene ninguna importancia. Ese momento de tensión, en el que el torturado y el torturador se reconocen, contrasta con la historia de sus hijos, quienes se hicieron amigos y seguirán jugando juntos sin quizás nunca conocer el pasado de sus padres.

El cuento es un retrato del ambiente de impunidad en el Brasil posdictatorial: la convivencia entre víctimas y victimarios en una sociedad que no ha pasado por un proceso de reconciliación; la exposición permanente de las víctimas al trauma. Son los rasgos autoritarios que permanecieron en la transición democrática brasileña, así como en Colombia asistimos a un conflicto que se resiste a desaparecer durante un proceso de justicia transicional.

Estamos frente a episodios de negacionismo histórico: en Brasil no hubo dictadura, sino una “amenaza comunista”; en Colombia no hubo conflicto armado, sino una “amenaza terrorista”.

Brasil es el único país sudamericano que no pasó por un proceso de justicia transicional, los torturadores nunca fueron juzgados, las Fuerzas Armadas nunca pidieron perdón; es precisamente esta excepción brasileña la que permitió que Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, haya decidido que los cuarteles conmemoraran, el pasado 31 de marzo, los 55 años del golpe militar de 1964. El canciller Ernesto Araújo afirmó, además, que no hubo un golpe en 1964, sino una reacción apoyada por la sociedad contra una “amenaza comunista”.

Excepción también la colombiana, en la que la supuesta democracia más estable de América Latina logró convivir con el conflicto armado más longevo del continente. Y si logró extenderse por tanto tiempo, es apenas obvio que su resolución cause escozores y resistencias. Empezando por su denominación: el partido de gobierno niega que haya habido un conflicto armado y se lanza contra la Justicia Especial para la Paz (JEP), el sistema de justicia transicional creado para reconciliarnos. Sin embargo, a diferencia de las dictaduras del Cono Sur, en Colombia la situación es aún más complicada, pues ni siquiera existe un consenso en torno al marco temporal del conflicto y, por lo tanto, todavía no conocemos cuántas víctimas dejó la confrontación armada. ¿Cuándo establecer la fractura histórica? La investigación realizada por el Grupo de Memoria Histórica concluyó que el conflicto causó la muerte de 220.000 víctimas entre el 1 de enero de 1958 y el 31 de diciembre de 2012, pero muchos historiadores han afirmado que el conteo debe empezar antes.

Estamos frente a episodios de negacionismo histórico: en Brasil no hubo dictadura, sino una “amenaza comunista”; en Colombia no hubo conflicto armado, sino una “amenaza terrorista”. ¿Quién derrotó esta amenaza? En Brasil habrían sido las Fuerzas Armadas, aquí el ‘salvador’ tendría nombre propio: el expresidente Álvaro Uribe a través de su política de seguridad democrática, respaldado por los tecnócratas que creen en la primacía e infalibilidad de las estadísticas.

En ambos países, la ideología conservadora ofende nuestra memoria, en particular la de las víctimas. No solo estas tienen que convivir con su propio trauma, sino que están obligadas a convivir con los victimarios sin que haya mediado un proceso de verdad, de perdón y de reconciliación. En el caso brasileño, ¿es posible conmemorar los crímenes que dejó la dictadura? Interrupción del mandato de un presidente legítimo, suspensión de derechos políticos, asesinatos, secuestros, torturas, desaparecidos. No, por eso miles de brasileños salieron a las calles a celebrar la resistencia y a gritar “Ditadura nunca mais”.

En ambos países quieren que dejemos de llamar las cosas por su nombre, nos impiden reelaborar nuestro pasado, anulan nuestro derecho a la verdad, nos condenan, así, a la repetición de la violencia, una violencia estructural, incrustada en prácticas políticas y en nuestra vida cotidiana. Hay que seguir preguntando: ¿cuál es su miedo?

Sal de la rutina

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