Se ha vuelto difícil ser Caballero

Se ha vuelto difícil ser Caballero

Si el machismo y el feminismo no deberían coexistir, la actividad política y la mentira tampoco.

10 de enero 2018 , 12:00 a.m.

Hace dos semanas, por causa de las columnas de Antonio Caballero, el feminismo dejó de ser un terreno incógnito para convertirse en la teoría social en boga. Caballero escribió dos columnas defendiendo el machismo y muchas mujeres, y algunos hombres, aprovechamos para dictar varias cátedras sobre género. Fue sobre todo su segunda columna la que impulsó el debate, pues al tratar de aclarar lo escrito en su primera columna, Caballero terminó equiparando el machismo y el feminismo. Desde cualquier ángulo, esta comparación era insostenible.

La columna de Florence Thomas demostró lo impactante que resultó aquello, pues ella misma nunca pensó tener que interpelar a Caballero sobre el asunto. Pero fueron muchas otras mujeres las que, de manera admirable, le enseñaron a Caballero la diferencia entre acoso y seducción; entre acoso, abuso y violación; entre feminismo y machismo. Cada una de ellas, unas de manera más extensa y precisa que otras, le demostraron a Caballero lo equivocado que estaba y, sobre todo, lo lego que es en la materia.

Las fiestas de fin de año no impidieron que siguiera pensando en dos cosas para mí muy reveladoras. La primera: las respuestas de las mujeres. No solamente hablamos desde nuestra experiencia, sino que algunas hemos estudiado el tema con profundidad. Hemos estudiado “cómo nos hemos vuelto mujeres”. La segunda: ¿por qué Caballero, un hombre educado, seguía insistiendo en que el ataque se debía a una mala lectura de sus columnas? “Todos me leyeron mal”, afirmó en su entrevista a la W Radio. Claro, aceptar que uno se equivocó no es cosa fácil. Pero había algo más. En la entrevista, Caballero realmente se notaba perturbado. Como si de repente el andamiaje que había construido toda su vida se hubiera caído al suelo, como si algo que él siempre había considerado normal, de un momento a otro dejaba de serlo, así, súbitamente y sin explicación.

¿Cómo puede entender un hombre que está acosando a una mujer si durante toda su vida le han enseñado que acosar es sinónimo de ser macho?

La respuesta estaba justamente ahí, quienes nos consideramos feministas llevamos años estudiando qué significa eso de “volverse mujer”; los hombres, en cambio, simplemente “son”.

Se trata realmente de una “cosmología androcéntrica”, una manera de situarse en el mundo. Una estructura cultural sobre la cual se fundamentan la masculinidad, la virilidad, el ser hombre, el ser macho. Una superioridad masculina cultivada y fomentada por generaciones a través de la familia, el lenguaje, la televisión, la literatura, el arte, la música, el cine y demás manifestaciones culturales. El mundo ha girado y gira alrededor de ellos.

David Wong, un escritor estadounidense, escribió un artículo sobre las razones por las cuales los hombres no entienden el consentimiento sexual. A través de un recuento de algunas películas clásicas, demuestra lo arraigadas y comunes que son las representaciones del hombre “depredador” y la mujer “presa”.

Han Solo en la 'Guerra de las galaxias', Indiana Jones, James Bond y otros tantos héroes de Hollywood. Todos ellos acostumbrados a no pedir permiso y a considerar el rechazo de una mujer como un juego de niños que hay que superar, pues en el fondo es un rechazo fingido, por lo menos así lo creen ellos. La indiferencia o molestia de las mujeres es una niñería que se resuelve con un beso apasionado. A algunas mujeres les gusta ser seducidas por hombres rudos, de esos que no piden permiso para besar. Es más, los hombres que piden permiso son retratados como afeminados, cobardes o nerds. En un capítulo de la serie 'New Girl' (2012), la chica le dice al chico: “No hay nada menos sexy que un chico preguntándote si te puede besar”. Algunas mujeres fundamentan su autoestima en el número de chicos que puedan conquistar en una fiesta; otras, en el tipo de hombre con el que puedan casarse. Así, no es cierto que el machismo y el feminismo no pueden coexistir. Otra cosa es que no deberían coexistir, pero han coexistido, de manera violenta, y seguirán coexistiendo si no modificamos estos presupuestos culturales desde la educación básica.

Eso es a lo que se refiere Caballero cuando en su columna habla de “no saberlo pedir”. Son hombres que no saben seducir, como sí lo hacen los galanes de las películas.

¿Cómo puede entender un hombre que está acosando a una mujer si durante toda su vida le han enseñado que acosar es sinónimo de ser macho? Caballero está viendo el desmoronamiento de este mundo por el que ha transitado toda su vida, algo que, según él, “conduciría a la desaparición de cualquier relación amorosa”. Así de trágico.

Y con esto no estoy compadeciéndome de los hombres, mucho menos justificando sus acciones, solo mostrando una realidad que no cambiará solamente con clases magistrales sobre feminismo y artículos sobre el universo femenino. Si esas cátedras sobre feminismo no salen de los auditorios, los periódicos y las redes sociales y no llegan hasta nuestra cotidianidad, hasta las clases de primaria de niños y niñas tendremos que aceptar que machismo y feminismo seguirán coexistiendo con toda la violencia que eso implica.

Por último, propongo algo, ahora que estamos en campaña presidencial, ¿por qué no tomamos como ejemplo lo que pasó con Caballero y le damos clases magistrales a todo político que salga a decir disparates? Ya es hora de dignificar la política. Porque si el machismo y el feminismo no deberían coexistir, la actividad política y la mentira tampoco.

SARA TUFANO

Columnistas

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