Paro, parodia y utopía

Paro, parodia y utopía

Ninguno de los políticos tradicionales se puede atribuir el movimiento que está en las calles.

29 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

La historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa, decía Marx en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. ¿Cuántas veces no hemos escuchado esta famosa frase? Muchas. Por la sencilla razón de que los seres humanos no construyen la historia a partir de la nada, sino a partir de condiciones heredadas del pasado: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Así, haciendo referencia al caso colombiano, ¿de dónde más podría inspirarse Iván Duque si no es del ejemplo de su mentor? Durante la crisis política más aguda no solo de este gobierno, sino de las últimas décadas en Colombia, el presidente Duque ha mostrado descarnadamente lo que es: una caricatura del expresidente Uribe.

La pregunta que muchos nos hacemos es: ¿por qué el paro nacional del 21 de noviembre fue el catalizador de un descontento popular como hacía mucho tiempo no veíamos en Colombia? Una confluencia de factores externos e internos —siendo el principal el proceso de paz con las Farc— dio origen al paro y abrió la posibilidad de un cambio político real para el país.

El proceso de paz (2012-2016) no se redujo a la entrega de armas por parte de las Farc, también puso en la agenda pública una serie de demandas por mucho tiempo postergadas, la gran mayoría vinculadas al origen del conflicto armado. Como sucedió en anteriores procesos, el acuerdo de paz de La Habana recogió aspiraciones de diferentes sectores. Durante los cuatro años que duró el proceso, a La Habana llegaron integrantes de diversos movimientos, como los de víctimas, de mujeres, de indígenas, de negros, entre otros. Con el tiempo, el acuerdo fue integrando esas diferentes visiones del país y de la paz, y acabó desbordando con creces la agenda inicial tanto del Gobierno como de las Farc.

El paro tomó por sorpresa a todos los sectores políticos tradicionales, de las más diversas tendencias políticas

El proceso de paz también debilitó el proyecto político más autoritario que ha tenido Colombia en las últimas décadas: el uribismo. Al proceso de paz y a la pérdida de hegemonía del uribismo —el cual pende de un hilo y se sostiene principalmente con la ayuda de un poderoso aparato mediático—, se suman las movilizaciones en otros países de América Latina. Claramente lo que pasa en Ecuador, en Chile y en Bolivia no nos es indiferente.

Con un Uribe cada vez más debilitado, era imposible que su caricatura saliera fortalecida. Una vez desnudado y puesto en evidencia, ¿a qué podría recurrir Duque? Hasta ahora se ha empeñado en mantener una mano dura, como era de esperarse. Pero la crisis no es exclusiva de la extrema derecha; el paro ha revelado abiertamente la crisis de la política institucional y de la representación política.

El paro tomó por sorpresa a todos los sectores políticos tradicionales, de las más diversas tendencias políticas. A Gustavo Petro le endilgan el paro, pero ¿cómo podría haberlo organizado si después de quince meses todavía no ha sabido aglutinar el movimiento surgido en las elecciones presidenciales pasadas? Y esto, necesario subrayarlo, no significa que Petro no cumpla un papel fundamental en el debate político nacional.

Por el lado de los demás partidos, el horizonte parece reducirse a las próximas elecciones presidenciales. No tienen propuestas de país, al contrario, siguen pensando que Duque podría recapacitar y acercarse al ‘centro’. ¿Cuántas señales más necesitan para darse cuenta de que Duque no es un moderado? ¿No ha sido suficiente la reacción del Gobierno a las muertes de tantos líderes sociales y excombatientes? Y, hace tan solo unos días, ¿a la de Dilan Cruz?

Ninguno de los políticos tradicionales se puede atribuir el movimiento que está en las calles (aunque las ganas no les faltan). El paro los ha desbordado completamente. Su primera reacción ha sido querer que ese impulso popular vuelva a su redil: cambio de gabinete es lo más osado que se les ocurre, porque además no estamos para osadías, dicen.

Todavía no se han dado cuenta de que la respuesta está en las calles: en el movimiento de mujeres, de jóvenes, de trabajadores; en los pueblos negros e indígenas. Ellos no están pensando en las próximas elecciones, sino en soluciones concretas para sus problemas, para nuestros problemas: mejores salarios, mejores pensiones, más empleos, educación superior pública y gratuita, acceso a la salud, mejor transporte público, protección de recursos naturales, entre muchos otros. Que sean los que están en las calles los que tengan la vocería y hablen con el Gobierno.

Las élites políticas en Colombia siempre se han salido con la suya: durante la Asamblea Constituyente del 91 y en los diferentes procesos de paz con la insurgencia postergaron la discusión sobre qué tipo de Estado es el que queremos. En estos momentos de creación de nuevos horizontes históricos es fácil volver a lo conocido, a las viejas formas y a los discursos manidos. El desafío es encontrar un nuevo lenguaje político que evite que este momento histórico se convierta en una parodia.

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