Bolsonaro: entre el fracaso y el autoritarismo

Bolsonaro: entre el fracaso y el autoritarismo

Las elecciones en Brasil muestran que, más que la izquierda, la gran derrotada fue la centroderecha.

03 de noviembre 2018 , 12:07 a.m.

Me sorprendió que la primera reacción de varios analistas políticos y líderes de opinión colombianos ante los recientes resultados electores en Brasil fuera la de decir que la “izquierda latinoamericana” había fracasado o la de explicar el triunfo de Bolsonaro por el desprestigio del Partido de los Trabajadores (PT). Es común que en las redes sociales se produzcan este tipo de declaraciones apresuradas, pero la simplicidad de esta lectura, viniendo de personas informadas, no deja de ser desconcertante.

Quisiera reflexionar sobre estos lugares comunes y analizar qué tan cierto es que el PT haya fracasado. En primer lugar, el PT no fue el gran perdedor en estas elecciones. Las últimas encuestas, antes de que el expresidente Lula da Silva renunciara a su candidatura en septiembre y anunciara como su sustituto al exalcalde de São Paulo Fernando Haddad, indicaban que Lula lideraba la intención de voto con un 37 %, mientras que la de Bolsonaro era del 18 %. El PT perdió las elecciones, pero los datos nos muestran que mientras Bolsonaro ganó con casi 58 millones de votos, Haddad obtuvo, en la segunda vuelta, 47 millones de votos, es decir, Bolsonaro obtuvo 8 millones de votos más que en la primera vuelta, mientras que Haddad obtuvo 16 millones más. La “virada” o tendencia observada en las últimas encuestas de ascenso de Haddad estaba dando resultados. Además, tampoco es verdad que la gran mayoría haya votado por Bolsonaro; solo el 39 % del total del electorado votó por él, el 61 % restante votó por Haddad, votó en blanco, anuló su voto o se abstuvo.

Los grandes perdedores en estas elecciones fueron los partidos de centroderecha Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y el Movimiento Democrático Brasileño (MDB), cuyos candidatos presidenciales, Geraldo Alckmin y Henrique Mereilles, solo consiguieron 5 millones y 1 millón de votos, respectivamente, en la primera vuelta. Así, este electorado acabó engrosando la votación de Bolsonaro en la segunda vuelta. Es decir, asistimos a la muerte del PSDB y a lo que algunos analistas políticos brasileños llaman “el fin de la Nueva República”, que es el régimen democrático que se inició en 1985 y sucedió a la dictadura militar (1964-1985). Esto también coincide con la nueva composición de la Cámara de los Diputados: el Partido Social Liberal (PSL), el partido de Bolsonaro, pasó de tener 1 diputado a tener 52 diputados. Mientras que los partidos de centroderecha MDB y PSDB perdieron, respectivamente, 31 y 25 escaños.

Los resultados también nos muestran una clara brecha racial, económica y de clase entre los electorados de Bolsonaro y de Haddad. La imagen del mapa de Brasil es clara al poner de manifiesto que Haddad ganó en los nueve estados del noreste, la región más pobre del Brasil, mientras que Bolsonaro arrasó en los municipios más ricos y de mayoría blanca. Entre más bajo es el índice de desarrollo humano (IDH) de un municipio, mayor la votación de Haddad. Denota esto una correlación semejante a la que se estableció a partir de las elecciones presidenciales de 2006, cuando concurrieron Lula (PT) y Geraldo Alckimin (PSDB). Evidencia adicional de que Bolsonaro heredó los votos del PSDB, lo que significa que más que el antipetismo o la oposición al PT, la insatisfacción con la política tradicional fue lo que supo canalizar Bolsonaro.

Más que el antipetismo o la oposición al PT, la insatisfacción con la política tradicional fue lo que supo canalizar Bolsonaro.

Frente a estos resultados, cabe preguntar: ¿cuál será el camino que seguirá Bolsonaro? Como es de todos conocido, una cosa es la campaña presidencial y otra, el gobierno. Más allá de lo que la figura de Bolsonaro representa, hay que entender cómo funciona el sistema político brasileño. Por ejemplo, algunos analistas coinciden en que el gobierno de Bolsonaro podría llegar a ser un fracaso. Su inexperiencia, la precariedad de su equipo de gobierno, las múltiples expectativas que no va poder cumplir, entre otras cosas, apuntan hacia algunos posibles escenarios.

Primer escenario: se sabe que Brasil tiene el sistema de partidos más fragmentado del mundo. Para poder gobernar, el presidente tendría que formar una coalición mayoritaria de partidos para minimizar los efectos de la excesiva fragmentación parlamentaria, lo que en el argot se denomina “presidencialismo de coalición”. Esto es lo que Bolsonaro tendría que hacer si decide respetar las reglas institucionales del juego político. Sin embargo, esto podría no gustarle a su electorado porque se sentiría traicionado, ya que Bolsonaro se estaría sometiendo al mismo sistema político que tanto repudió durante su campaña. Podría darse entonces el hecho de que para evitar esto último se imponga su talante autoritario, por lo que surgiría un segundo escenario: Bolsonaro haría caso omiso de las instituciones constitucionales y haría tránsito hacia un régimen militar como el de 1964. Frente a esta eventualidad, cabría preguntarse entonces: ¿cuáles serían los obstáculos que surgirían frente a este eventual escenario? Surgiría una fuerte oposición y una presión internacional en contra. Además, es poco probable que los órganos de control del país se plieguen a este exceso de autoritarismo. De ahí que pueda darse el tercer escenario, sobre el cual muchos coinciden: que la presidencia de Bolsonaro se traduzca en un gobierno errante y paralizado.

Lo más grave, sin embargo, es que frente a las dificultades que se le planteen a Bolsonaro y sus seguidores, resuelvan proseguir propagando el odio y el discurso violento y desintitucionalizador, por lo que la izquierda brasileña debe superar su mal momento, analizando primero los resultados con total calma, identificando los errores cometidos y diseñando una eficaz política de oposición democrática que evite que el nuevo gobierno conduzca la nación al caos.

SARA TUFANO

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