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¿Vale la pena seguir hablando de izquierda y de derecha?

¿Vale la pena seguir hablando de izquierda y de derecha?

Es la falta de ideología y no el exceso lo que pavimenta la llegada del populismo al poder.

06 de diciembre 2021 , 08:00 p. m.

Acudí, en mi última columna, a una metáfora arquitectónica para sugerir dos ingredientes básicos que componen la diferencia entre la izquierda y la derecha: la libertad y la regulación. Permítanme, ahora, hacer uso de otra metáfora (la verticalidad y la horizontalidad) para argumentar a favor de mantener vivo este binario político, sobre todo teniendo en cuenta que se ha vuelto ya un lugar común el insistir en enterrarlo junto con las ruinas del Muro de Berlín.

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Para entender el valor democrático que trae consigo este binario es importante, como ya lo he hecho otras veces en esta columna, retornar a sus orígenes: la Revolución francesa.

Antes de 1789, la distinción política dominante en Francia, la cual se traducía en votos, se dividía en tres estados: el clero, la nobleza y el tercer estado (el campesinado y la burguesía). Con la llegada de la Revolución y la correspondiente instauración de la Asamblea Nacional, el debate se dividió entre los que querían preservar el antiguo régimen, sentados a la derecha del presidente de la Asamblea, y los que querían derrocarlo, sentados a su izquierda. Esto, por un lado, significó la popularización de los rótulos ‘izquierda’ y ‘derecha’ para referirse a progresistas y conservadores respectivamente. Pero, fundamentalmente, esta transición sembró las raíces de las democracias modernas. ¿Por qué?

Durante el antiguo régimen francés, el debate político operaba en sentido vertical, pues prevalecía una jerarquía entre las diferentes facciones. Pero, con la llegada de la Revolución, la política se encaminó hacia la horizontalidad, en la medida en la que izquierda y derecha, precisamente por su carácter antagónico, representaron dos fuerzas en igualdad de condiciones.

La parcelación entre oprimidos y opresores parece haberse tomado el control. La política, por lo tanto, está dando un nuevo giro de 90° hacia la verticalidad.

Al final de cuentas, la horizontalidad, soportada sobre dos pilares que sin lugar a duda pueden tener matices, es la cimentación de la verdadera columna de la democracia: no la unidad, sino todo lo contrario, el pluralismo. Pero para que realmente exista pluralismo, un régimen político debe no solo reconocer diferencias sino, sobre todo, eliminar las jerarquías. Por lo mismo, cuando la política se inclina hacia la verticalidad, la autoridad se impone por medio de la sujeción, mientras que cuando se inclina hacia la horizontalidad, lo hace por medio de la democracia.

Pero para impregnar a la política de horizontalidad es necesario que existan, al menos, dos polos opuestos mutuamente excluyentes, como lo son la izquierda y la derecha. Esto, por ningún motivo, quiere decir que la izquierda y la derecha deban resucitar proyectos políticos caducos que la historia ya se ha encargado de enterrar. Al contrario, deben evolucionar y ajustarse a las particularidades que exigen los nuevos tiempos. De hecho, desde su origen en la Revolución francesa, el contenido político de la oposición entre izquierda y derecha ha cambiado sustancialmente, hasta el punto en el que lo único que se ha mantenido estable es su diferenciación, y esta es, precisamente, la esencia del pluralismo.

Tras el final de la Guerra Fría, sin embargo, la dicotomía entre izquierda y derecha se ha diluido. Hoy por hoy, la formación de criterio político parece estar dominada no por la ideología, sino por la identidad determinada según categorías sociales como la etnia, el género, la clase, la identidad sexual y demás. En otras palabras, la parcelación entre oprimidos y opresores parece haberse tomado el control. La política, por lo tanto, está dando un nuevo giro de 90° hacia la verticalidad.

Si lo que se pretende es erradicar las jerarquías en defensa del pluralismo y de la democracia, resulta necesario insistir en preservar la horizontalidad por medio de antónimos como la izquierda y la derecha, siempre y cuando, claro está, estas compitan según las condiciones democráticas. Vale la pena recordar, entre otras cosas, que es la falta de ideología y no el exceso lo que pavimenta la llegada del populismo al poder.

SANTIAGO VARGAS

(Lea todas las columnas de Santiago Vargas en EL TIEMPO, aquí)

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