Secciones
Síguenos en:
En defensa de la rabia

En defensa de la rabia

Esta puede funcionar como una herramienta para entender nuestra relación frente a la sociedad.

01 de julio 2021 , 09:25 p. m.

La rabia se ha convertido en una de las más feroces protagonistas de nuestros tiempos. Unos tienen rabia con los que quieren reformar el contrato social vigente y otros con los que quieren conservarlo. Unos tienen rabia porque, en nombre de la libertad, se calumnia a la moral y otros porque en nombre de la segunda se restringe la primera. Unos tienen rabia porque se privilegia el estado de bienestar sobre el crecimiento económico y otros por exactamente lo contrario. Unos tienen rabia porque se derrumban las tradiciones y otros porque no caen lo suficientemente rápido.

Unos y otros: separados por tanto, pero unidos por la rabia. Rabia, rabia: ¿qué hacemos con tanta rabia?

Con el concepto de sublimación, Freud ofrece una respuesta al menos tentativa. En pocas palabras, desde el psicoanálisis, la sublimación se refiere al proceso a través del cual los impulsos conflictivos como la rabia se desvían hacia actos socialmente útiles. Freud cita el ejemplo del alemán Johann Dieffenbach, quien de niño cortaba la cola de animales y, de adulto, sublimó este impulso convirtiéndose en un prestigioso cirujano.

Sin embargo, la vacuna que nos ofrece Freud contra la rabia no está exenta de controversias, pues hay infinitas, y por lo general, contrastantes, versiones sobre lo que clasifica, y lo que no, como socialmente útil. Pero, al contrario, si entendemos la palabra útil desde una perspectiva menos moral y más pragmática —i. e., la utilidad de una llave a la hora de abrir una puerta—, quizás aún podamos emplear la sublimación como remedio frente a la rabia.

Para ello resulta necesario, primero que todo, resaltar que, como individuos, no somos los únicos culpables por nuestra propia rabia: la sociedad es una innegable cómplice. Esto, por lo menos, nos libera de la inmensa culpa que suele acompañar a la rabia. Y si al sentir rabia nos olvidamos de la complicidad de la sociedad, vale la pena repetirse: ‘no es mi culpa, no es mi culpa, no es mi propia culpa’. Segundo, la rabia, a diferencia de lo que se afirma desde diversas orillas, no es en esencia nociva. Al contrario, esta puede funcionar como una poderosa herramienta analítica para entender nuestra relación frente a la sociedad en la que habitamos.

En este proceso, es necesario diferenciar entre, al menos, tres tipos de rabia (me refiero a tipologías analíticas, no biológicas). La primera, de carácter simbólico, es la que se produce cuando fallamos en ajustarnos a los paradigmas sociales dominantes: cuando, por ejemplo, a la hora de hablar de política con quien disentimos fallamos en parecernos al paradigma del superhombre idealizado que tiene siempre la razón. Para sublimar este tipo de rabia basta con desviarla desde algo que nos divide —la discordia— hacia algo que nos une: la imposibilidad de ajustarnos a los opresivos paradigmas sociales.

La segunda rabia, de carácter performático, es la que se emplea para expresarle a quienes nos rodean que hacemos parte de un grupo social específico, como es el caso de la derecha y de la izquierda. En esta categoría cabe, entre otras, la rabia encaminada hacia manifestantes, por un lado, y hacia uniformados, por el otro. En resumidas cuentas, la rabia performática se sublima al admitir que, más que odio contra la persona que tenemos al frente, empleamos la rabia como capital social para adquirir estatus frente a los miembros del grupo social al que queremos pertenecer.

El tercer tipo de rabia, de carácter concreto, es la que resulta cuando el orden social nos falla; cuando este ha incumplido sus promesas. Este tipo de rabia, por lo tanto, para sublimarse, necesita una respuesta por parte de las instituciones que soportan al orden social. Y sospecho que, con respecto a la voluntad de sublimar este tipo de rabia, tenemos más similitudes que diferencias. Pero para que estas similitudes salgan a flote es necesario, primero que todo, diferenciar la rabia concreta de la simbólica y de la performática.

Santiago Vargas Acebedo
santiago.vargas.acebedo@gmail.com

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.