El populismo de centro

El populismo de centro

Si antes populista era sinónimo de radical, el nuevo prestigio de los ‘moderados’ lo ha reversado.

22 de enero 2021 , 09:25 p. m.

En Europa, la palabra populismo normalmente se asocia con la ultraderecha xenófoba y proteccionista. En Latinoamérica, por el contrario, es sinónimo de los movimientos de izquierda que han emitido gastos públicos masivos, resultando en hiperinflaciones. Pero en nuestro continente, el populismo también se refiere a la ultraderecha que ha reducido impuestos a los más ricos sobre el sofisma de que genera más empleo y ha explicado la inseguridad con la falta de mano dura con quienes, según ellos, nacen con el alma ‘corrupta’. En definitiva, el populismo, tanto de derecha como de izquierda, ha adquirido un rol cada vez más protagónico en la jerga política contemporánea. Pero hay algo que ha recibido poco o nada de atención: el populismo de centro.

En los últimos años, el centro ha vivido un auge sin precedentes. En Estados Unidos, el triunfo de Biden, primero sobre Sanders y luego sobre Trump, puso en evidencia lo efectivo que es tachar a un oponente de radical. Y, en Latinoamérica, el centro ha capitalizado la fatiga con respecto a las dos corrientes que se impusieron durante la Guerra Fría. En pocas palabras, hoy por hoy, la palabra ‘centro’ goza de una legitimidad tan alta que ha quedado a disposición de quien quiera usarla como herramienta discursiva, dando origen a un concepto inédito: el populismo de centro. Si antes populista era sinónimo de radical, el nuevo prestigio de los ‘moderados’ ha reversado tales condiciones retóricas. Y, para ahondar en estas extrañas condiciones, vale la pena, primero, preguntarse: ¿qué es el populismo?

El politólogo alemán Jan-Werner Müller plantea al menos dos condiciones necesarias para poder hablar de populismo. La primera es el antipluralismo, es decir, la división de la sociedad en dos bandos antagónicos: los buenos y los malos. Para los populistas de centro esta distinción es clara: los buenos ‘moderados’ contra los malos ‘radicales’. Según esta lógica, cualquiera que se autodenomine de izquierda o de derecha es, de entrada, un radical que pertenece al bando de los malos. Pero ¿es realmente axiomáticamente malo un radical? ¿No ofrece mucha más claridad en cuanto a su oferta política que la moderación? ¿No hay problemas —como la crisis ambiental o el hecho de que, en Latinoamérica, la pandemia haya ampliado la diferencia entre los más ricos y los más pobres— que exigen medidas radicales y no moderadas?

Pues bien, para Müller, la segunda condición del populismo es la construcción de unas élites a quienes se les culpa de los problemas que padece una nación. El populismo de centro, y particularmente en Latinoamérica, ha personificado a las ‘élites corruptas’ en instituciones desprestigiadas como los partidos políticos. Ellos han optado, en cambio, por ‘movimientos ciudadanos’ o ‘partidos independientes’, según los cuales ‘ellos’ y solo ‘ellos’ representan al ‘pueblo’: populismo puro.

El desprestigio de los partidos políticos, por un lado, ha aumentado la dependencia de la representación política en los personalismos. Por otro lado, ha incrementado la desconfianza en las instituciones democráticas, ahuyentando a los ciudadanos de las urnas. Pero, peor aún, el antipartidismo ha conducido, paradójicamente, a nuestro sistema político al multipartidismo excesivo, incentivando al Ejecutivo a emplear la ‘mermelada’ para poder formar las coaliciones que necesita para gobernar. La supresión de la ‘mermelada’ no radica en la llegada del ‘sagrado corazón’ al poder, sino en el fortalecimiento ideológico y representacional de los partidos políticos. Como decía Maquiavelo, las instituciones no pueden depender de la bondad de sus miembros, como promete el populismo de centro.

Cierro diciendo que no pretendo, ni más faltaba, tachar de populistas a todos los movimientos de centro, sino señalar que el populismo de centro existe. Ojo con el 22.

Santiago Vargas Acebedo
santiago.vargas.acebedo@gmail.com

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