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El llanto: la venganza del cuerpo

El llanto: la venganza del cuerpo

Me refiero a ese llanto tan hondo que emite sonidos agudos. Hay algo mágico detrás de él.

08 de marzo 2021 , 11:04 p. m.

Cada uno de nosotros es dos seres a la misma vez: uno corporal y otro ideal. El primero está compuesto por carne, sangre, sudor, lágrimas, secreciones y demás. Es aquel que se despeina a pesar de tres capas de gel y al que se le arrugan las nalgas a pesar de tres cirugías. No hay cómo escaparnos de él; es lo que somos y punto. El segundo, en cambio, está compuesto por un revoltijo de sustantivos, verbos, adverbios, adjetivos (¡muchos adjetivos!) y demás. Algunos ejemplos son el profesional de renombre, el monógamo sin deseos, el hombre masculino o el intelectual erudito. A diferencia de su contraparte, de este sí se puede escapar. Aunque, advierto, esta no será una fuga libre de persecuciones policiales. A decir verdad, el ser ideal es un personaje ficticio, concebido por nosotros mismos con el objetivo de autotrazarnos un destino hacia el cual apuntar nuestras vidas. En otras palabras, una vida vivida de este modo se reduce a la perpetua persecución de un ser que no existe.

Si nos detenemos a mirar con lupa el motivo detrás de muchas de nuestras acciones diarias –desde madrugar hasta comprar un blanqueador de dientes–, nos damos cuenta de que pasamos la mayor parte de nuestras vidas tratando de que nuestros seres corporales se conviertan en los ideales. Sin embargo, no hay tarea más insensata, pues estos dos seres son tan mutuamente excluyentes que nunca serán el mismo. El ideal es estático, coherente, racional y predecible, y el corporal es exactamente lo contrario.

Para colmo de males, cada vez que el ser corporal fracasa en comportarse como el ideal –cuando el profesional resulta anónimo, cuando el monógamo se rinde a la ley del deseo, cuando al hombre masculino se le quiebra la muñeca o cuando el erudito no sabe la respuesta–, nuestro cuerpo se venga de nosotros a través de ases que tiene bajo la manga, como la frustración, la ansiedad, el pánico y el llanto. No me refiero, claro está, al llanto-simulacro, que es, en realidad, el llanto del ser ideal. Me refiero a ese llanto tan hondo que emite sonidos tan agudos que nos dan vergüenza; a ese llanto que aflora cuando sentimos que tenemos el alma partida en pedazos cocidos con hilos de xanax y alquitrán a punto de quebrar. Ese es el llanto del cuerpo, y hay algo mágico que se esconde tras él. El cuerpo, cuando llora, se comunica con nosotros para decirnos: “no puedo, no quiero y nunca voy a ser ese ser ideal”. Ese llanto es el respirar del cuerpo, es, a la vez, su presencia y su venganza.

A lo largo de la historia, varios han hablado de una distinción semejante a la que existe entre el ser ideal y el corporal. Nietzsche los llamó, respectivamente, lo apolíneo y lo dionisiaco; Freud, el superyó y el ello; el cristianismo, la madona y la puta. Tanto Nietzsche como Freud apuntaron a un balance entre los dos opuestos, mientras que el cristianismo se inclinó por el primero. Yo, como el cristianismo, me inclino por uno de los dos, pero por el otro: por la liberación absoluta de Dionisio, del ello y de la puta que todos llevamos dentro; porque la verdad es que la mayoría de nuestros sufrimientos son motivados por la frustración que sentimos cuando nuestro ser corporal no se parece al ideal.

¡Carguemos nuestro fusil de juguete, apuntémoslo a la sien y disparemos hasta herir de muerte al ser ideal! Quebraremos en llanto, pero seremos libres. Si no liberamos nuestros cuerpos, estos se vengarán de nosotros con un llanto tan masivo que habrá un nuevo diluvio universal. Pero, esta vez, la barca que sobrevivirá no será conducida por Noé sino por María Magdalena, y, a bordo, solo habrá vagabundos y fracasados. De aquí en adelante dedicaré el resto de mis días a tratar de pertenecer a este ilustrado combo.

Santiago Vargas
santiago.vargas.acebedo@gmail.com

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