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Cenizas del multipartidismo

Cenizas del multipartidismo

La gran mayoría de los nuevos partidos están integrados por disidencias de los tradicionales

06 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

La reciente decisión de la Corte Constitucional de otorgarle personería jurídica al Nuevo Liberalismo trae, a la vez, buenas y malas noticias. Por un lado, revive las importantes posturas políticas de la leyenda de Luis Carlos Galán, mientras que envía un contundente mensaje de disidencia al Partido Liberal, el cual ha perdido contacto con la ciudadanía y, como lo afirma el propio Humberto de la Calle, se ha convertido en un partido exclusivamente parlamentarista.

Sin embargo, la resurrección del Nuevo Liberalismo también exacerba la profunda fragmentación que padecen los movimientos políticos, hechos trizas a través de un multipartidismo excesivo. Para no irnos muy lejos, la Coalición de la Esperanza está compuesta por miembros de los partidos Verde y Liberal y varios movimientos nuevos, de los cuales cuatro ya cuentan con personería jurídica: Dignidad, la ASI, Colombia Renaciente y el Nuevo Liberalismo. Además, se insiste en la resurrección e incorporación a la colación de Verde Oxígeno, el partido de Íngrid Betancourt. Se trata, por lo tanto, de al menos siete partidos diferentes izando la misma bandera ideológica. Mientras tanto, por los lados de la derecha y de la izquierda, la fragmentación es quizás aún mayor.

Uno de los principales objetivos de la Constitución del 91 fue romper con el bipartidismo para otorgarles mayor representación política a sectores de la sociedad civil que no lo tenían. Esto, sin embargo, terminó facilitando de manera excesiva la creación de nuevos partidos. De ahí que se haya vuelto costumbre que disputas internas entre miembros de los partidos tradicionales se resuelvan con la creación de nuevos partidos. Un ejemplo de esto es Cambio Radical, el cual se creó como disidencia liberal frente a la candidatura de Horacio Serpa.

Desafortunadamente, esto es más la regla que la excepción, pues la gran mayoría de los nuevos partidos están integrados por disidencias de los tradicionales. Esto quiere decir que el multipartidismo no ha significado la integración a la política de nuevos sectores de la ciudadanía, sino la fragmentación de los movimientos políticos de antaño. Al mismo tiempo, los nuevos partidos se han convertido en un mecanismo para apoyar intereses políticos personales de corto plazo, en lugar de girar en torno a hojas de ruta de largo plazo. Es decir que, en la creación de los nuevos partidos, priman los intereses personales sobre los generales y los personalismos sobre los proyectos de país.

Una de las más nefastas consecuencias de estructurar los partidos alrededor de los personalismos es que una vez estos se apartan, los partidos quedan huérfanos, ofreciéndose al mejor postor, hasta que se convierten en la maquinaria perfecta para ser ocupados por el clientelismo. El mejor ejemplo de esto es el partido de ‘la U’, fundado alrededor de la esfinge de Álvaro Uribe.

Los nuevos partidos se han convertido en un mecanismo para apoyar intereses políticos personales de corto plazo.

Aparte de los partidos, otra herramienta concebida en favor del pluralismo que ha sido cooptada por la clase política tradicional es el uso de la recolección de firmas para aspirar al Ejecutivo. Sorprende, por ejemplo, que un economista y político tan serio como Juan Carlos Echeverry haya seguido este camino. A Echeverry hay que recordarle que la recolección de firmas existe para que quienes no tienen acceso a los partidos puedan hacer parte de la contienda política, no para que un exministro, miembro del segundo partido más antiguo del país, se dé a conocer.

Y a los políticos hay que recordarles que los partidos son un instrumento para que los diferentes sectores de la sociedad civil tengan representación en la construcción de la política pública a largo plazo, no plataformas de aspiraciones políticas personales a corto plazo. Del mismo modo, la creación de nuevos partidos es un mecanismo que ofrece la Constitución para garantizar representación política a quien no la tiene, no para que los miembros de los partidos tradicionales arreglen sus disputas internas.

SANTIAGO VARGAS

(Lea todas las columnas de Santiago Vargas en EL TIEMPO, aquí)

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