Visa USA

Visa USA

El retiro de las visas es una forma de injerencia internacional en nuestra autonomía judicial.

13 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

Empecemos por el principio: si los países no tuviesen autonomía para definir a quién permiten la entrada a su territorio, las visas no existirían. Luego el debate sobre la decisión de revocarles las visas a los magistrados que tomó Estados Unidos debe ser político, y no legal.

La pregunta es si el retiro de estas visas es una herramienta de política exterior que le permitiría a Washington lograr sus objetivos en el escenario de la relación bilateral: mantener la extradición como prerrogativa para castigar ellos, a su manera, a ciudadanos colombianos involucrados en el negocio del narcotráfico y apoyar las objeciones del Gobierno colombiano a la Jurisdicción Especial para la Paz.

La respuesta creo que es, definitivamente, no. Que Estados Unidos haya recurrido al retiro de visas con tan poca frecuencia lo evidencia. Entre otras razones, porque este tipo de medida funciona mejor como una forma de castigo frente a un comportamiento no deseado que como un mecanismo para persuadir a alguien de que haga algo que en principio no desea hacer. Una vez retirada la visa, el individuo objeto de la medida ya no tiene incentivos para comportarse en forma distinta y, más bien, la humillación lo empuja a mantenerse en su posición inicial y no moverse de allí por pura dignidad.

Es peligroso que el Gobierno colombiano decida hacerse el de la vista gorda cuando de defender nuestra autonomía judicial se trata.

Puede que la medida sea disuasiva para otros y que los lleve a pensar que es mejor cambiar de posición antes de ser objeto de la sanción. Pero la reacción nacionalista que genera va en contra y no a favor de los objetivos que persigue el Gobierno estadounidense en nuestro país. En el espíritu trumpiano de estos días, no se negocia mucho y predomina la premisa my way or the highway, se hace como digo o no se hace. Esto pasa por alto que los canales diplomáticos han sido capaces de dar resultados sin necesidad de deteriorar la relación usando desproporcionadamente el garrote.

Pero la diplomacia estadounidense no es la única que se equivoca. El silencio de días de la diplomacia colombiana es elocuente y perjudicial. Cuando la JEP solicitó una audiencia ante el Sistema Interamericano de Derechos Humanos, el Gobierno se fue en contra de la iniciativa arguyendo que la JEP es parte del Estado y, por tanto, no puede actuar internacionalmente con independencia. Pero con el incidente de las visas, el Gobierno demuestra que no tiene ningún interés en defender esa tesis. No ha cuestionado la decisión ni ha tomado bajo su amparo diplomático a la justicia víctima del agravio. Parece que en este segundo caso, al gobierno Duque ya no le sonó la idea de que la Rama Judicial también es parte del Estado colombiano.

El Gobierno representa a todos los colombianos (y no únicamente a aquellos que están de acuerdo con sus políticas y su inclinación ideológica) y tiene el deber de responder con contundencia. Principalmente, porque el retiro de las visas es una forma de injerencia internacional en nuestra autonomía judicial que no hemos ni invitado ni aceptado. La embajada puede conversar, invitar a desayunar y negociar, pero no puede amenazar con castigos de este tipo.

No se trata de que el Gobierno emprenda una defensa basada en un concepto trasnochado de soberanía. Pero en una relación tan asimétrica y en ocasiones tan obsecuente como la que tenemos con Estados Unidos, es peligroso que el Gobierno colombiano decida hacerse el de la vista gorda cuando de defender nuestra autonomía judicial se trata. Si el gobierno Duque cree que Washington y sus medidas coercitivas son un aliado en su intento por sacar adelante sus objeciones a la JEP y esa es la razón de su silencio, sugiere entonces que está en condiciones de sacrificar parte de nuestra autonomía con tal de salirse con la suya. Caso clásico en donde los medios nefastos no justificarían, desde ningún punto de vista, el fin.

Columnistas

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