Una corte de juezas

Una corte de juezas

La baja representación de mujeres en los cargos de decisión de la Corte no podría ser más evidente.

03 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

“Hasta que seamos nueve”. Así responde Ruth Bader Ginsburg, la magistrada liberal de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, cuando le preguntan cuántas mujeres deberían estar en el tribunal. La Corte de ese país tiene nueve jueces, así que Ginsburg da en el clavo: solo habrá paridad real si todos los magistrados son mujeres. Se trata de una idea con vigencia para el caso colombiano.

El sábado pasado se publicó un reporte titulado ‘Las capas del techo de cristal: equidad de género en la Corte Constitucional’, sobre acoso laboral y sexual en la Corte Constitucional. El resultado es poco alentador. Se mencionan allí desde actos abusivos de funcionarios del más alto rango hacia mujeres en posiciones inferiores hasta graves problemas de acoso que sufren las estudiantes de Derecho que hacen su práctica judicial en el tribunal.

El informe es duro para el prestigio de una institución que ha impulsado cambios fundamentales en este país y brinda otro ejemplo de la discriminación estructural que sufren las mujeres en las instituciones públicas. El reporte, impulsado por la magistrada Gloria Ortiz mientras ocupaba la presidencia de la Corte, pone el dedo en la llaga de una de las capas de este techo de cristal: la poca diversidad de género entre los magistrados de este país.

Un tribunal que por años ha defendido el espíritu diverso de la Constitución de 1991 no puede darse el lujo de perpetuar
la discriminación estructural contra las mujeres.

Los datos son reveladores: la mayoría de los funcionarios de la Corte (un 52 por ciento) son mujeres, pero al revisar la lista de los magistrados actuales y pasados del tribunal es imposible no advertir que esa diversidad no se ha traducido nunca en que haya más mujeres magistradas. De los 39 magistrados que han pasado por la Corte o están en ella actualmente, solo 5 han sido mujeres, y la representación de magistradas empezó hasta hace muy poco. La primera mujer, Clara Inés Vargas, fue elegida en marzo de 2001, 9 años después de que la Corte empezó a funcionar.

La baja representación de mujeres en los cargos de decisión de la Corte no podría ser más evidente. Un tribunal que por años ha defendido el espíritu diverso de la Constitución de 1991 no puede darse el lujo de perpetuar la discriminación estructural contra las mujeres, y ahora el Senado y el Presidente pueden hacer algo concreto al respecto.

En la actualidad existen dos vacantes en la Corte. Para la primera, el Consejo de Estado presentó una terna conformada por dos hombres y una mujer, la profesora de la Universidad de los Andes Natalia Ángel Cabo. Para la segunda, el Presidente debe presentar otra terna al Senado, que este semestre elegirá a los dos próximos magistrados de la Corte. Un Presidente comprometido con la diversidad de género en su gabinete debería usar el mismo principio en la presentación de su terna.

Si de estas dos ternas son elegidas dos mujeres, se habrá logrado romper un poco una de las capas de ese techo de cristal: por primera vez en la historia de la Corte y de las altas cortes, Colombia tendría un tribunal con una mayoría de mujeres. Si dos mujeres son elegidas, la Corte pasaría a tener 5 magistradas de nueve.

Así como la integración de minorías raciales a grupos de estudiantes mayoritariamente blancos en colegios ha contribuido a prevenir el desarrollo de personalidades discriminatorias y racistas en Estados Unidos, el incremento del número de mujeres en escenarios masculinos es una herramienta clave para erradicar las prácticas misóginas y patriarcales. Solo se aprende a interactuar con mujeres en condiciones de igualdad cuando no es posible ignorarlas.

Por eso es clave romper los techos de cristal con piedras y no solo con retórica sin consecuencias. La primera piedra tiene que ser una acción decidida para que lleguen dos mujeres a la Corte. Parafraseando a la jueza Ginsburg, para que sean nueve juezas en la Corte, primero tienen que ser cinco.

Sandra Borda G.

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