Elecciones: moderación e independencia

Elecciones: moderación e independencia

No le veo nada de bueno a continuar caminando la senda de la desinstitucionalización política.

28 de octubre 2019 , 07:24 p.m.

Leo a muchos que sugieren que anoche, el país empezó a tomar un rumbo político distinto. Algunos advierten el debilitamiento de los extremos y la consolidación de las propuestas moderadas en varios lugares del país. También leí que hoy hablamos de una democracia más madura, porque las candidaturas independientes les ganaron terreno electoral a los partidos políticos.

Quisiera introducir una voz de cautela alrededor de estas dos lecturas: el triunfo de la supuesta moderación y el fracaso de los partidos políticos. No creo que ninguna de las dos cosas sea necesariamente, y por sí sola, buenas noticia.

Sobre el triunfo de la moderación, hay que señalar que esta puede ser una lectura guiada por lo que sucedió en las grandes capitales y que, además, no toma en cuenta que a nivel de concejos, el Centro Democrático aumentó su votación y tendrá mayor espacio político en los cabildos. Es pronto para decirlo, pero es posible que las ciudades como Bogotá se estén moviendo políticamente hacia formas de progresismo en sus gobiernos locales, pero no estoy segura de que lo mismo esté sucediendo en el otro país, ‘el país rural’. Se puede estar abriendo una brecha difícil de cerrar.

Las contiendas electorales no
son ni deben ser entendidas como partidos de fútbol en los que el objetivo último es eliminar de la competencia al contrincante

Asimismo, frente a la celebración alrededor del fracaso de los extremos, simplemente quisiera responder sugiriendo que una democracia diversa y con múltiples alternativas políticas e ideológicas siempre será más deseable. Puede que lo que haya sucedido sea, más bien, que los votantes desaprobaron los liderazgos de Petro y Uribe, a la izquierda y a la derecha, y que sea el momento de transitar hacia direcciones renovadas, más aglutinantes y menos polarizadoras.

No encuentro razón para celebrar el fracaso o la virtual desaparición de estas alternativas políticas –cosa que creo está aún lejos de suceder–. El centro puede y debe gobernar con oposición, y mientras más fuerte y organizada, mejor. Este país necesita un menú de opciones políticas más, y no menos, variado para consolidarse como una democracia y profundizar su sistema de pesos y contrapesos. Las contiendas electorales no son ni deben ser entendidas como partidos de fútbol en los que el objetivo último es eliminar de la competencia al contrincante. La competencia debe ser permanente. Tener nuestras propias preferencias políticas no debe confundirse con asumir la muy antidemocrática actitud de desear la fulminación del rival político.

Tampoco encuentro motivo para celebrar el fracaso de los partidos políticos y el triunfo de los movimientos independientes. A muchos les puede dar la sensación de que estamos dando un paso hacia una renovada y mejor forma de hacer política, pero aquí también quiero llamar a la cautela. Sin partidos políticos, los políticos se convierten en seres volátiles que no controla nadie y pueden adoptar posiciones políticas de cualquier naturaleza. Se tornan en semicaudillos cuya obsesión es más el culto a la personalidad y menos, el cumplimiento con una plataforma de gobierno. No le veo nada de bueno a continuar caminando la senda de la desinstitucionalización política.

Última nota de cautela. Cuando Petro ganó las elecciones a la alcaldía de Bogotá, muchos lo declararon políticamente débil y hasta ilegítimo porque ‘solo’ le sacó una ventaja de algo menos de 170.000 votos a Peñalosa. Ese se convirtió en el mantra de la oposición a su administración. Esta vez parece que la ventaja de López sobre Galán será de algo más de 80.000 votos. Esto quiere decir que el llamado de la ciudadanía es a un gobierno que negocie con sus competidores políticos, y no que los pase por alto. Estará a prueba la capacidad de López de construir consensos. Venimos de dos alcaldes –Petro y Peñalosa– que se rajaron en ese indicador...

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