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Después de Afganistán

Después de Afganistán

Ni el aislacionismo ni el repliegue defensivo son opciones para Estados Unidos.

30 de agosto 2021 , 08:00 p. m.

Quiero reflexionar sobre las dos consecuencias más importantes del retiro de las tropas estadounidenses de Afganistán y la rápida llegada al poder de los talibanes. La primera, más bien obvia, evalúa lo que significa la crisis del liderazgo estadounidense para la supervivencia de la democracia a nivel global, y la segunda, un poco más contraintuitiva, analiza el futuro que le espera a ese liderazgo. Anticipo que la crisis actual está lejos de traducirse en declive o extinción del poder estadounidense.

En una columna anterior sugerí que la crisis de la democracia liberal y de las organizaciones internacionales encargadas de promoverla y cuidarla se iba a traducir en un envalentonamiento y reencauche de las formas autoritarias de ejercer el poder. El costo de pasarse por la faja el Estado de derecho se ha reducido. Bueno, pues creo que el particular y espectacular (en el peor de los sentidos) retiro de Estados Unidos de Afganistán va a reducir aún más ese costo.

El creciente escepticismo frente al funcionamiento de la democracia y de las instituciones del Estado moderno encuentra nueva evidencia en la toma del poder por los talibanes. Veinte años y todos los recursos de la potencia de turno no fueron suficientes para hacer funcionar el Estado y la democracia en ese país.

En el mismo sentido, y como lo sugiere The Economist, el fracaso es un empuje contundente al yihadismo global en todas sus formas: ahora será más fácil reclutar, y es probable que los ataques a Occidente se incrementen en número e intensidad. Además, el extremismo islámico es malo a la hora de gobernar y tampoco es eficiente en construir Estado-nación (el Estado Islámico no duró sino algo más de tres años). Por eso no le queda alternativa distinta que la de cerrar el sistema político y dedicarse a reprimir opositores.

Teniendo en mente lo anterior, es fácil caer en la tentación de hablar de un mundo posestadounidense o poshegemónico. Y no pocos analistas han caído en esa tentación: Neil Ferguson dice que el Estados Unidos de hoy es parecido al Reino Unido de después de la Primera Guerra Mundial: su economía es vulnerable y sus ciudadanos no están interesados en un papel internacional protagónico. Fukuyama (quien no se caracteriza por sus aciertos en materia de predicciones) dice que el declive es resultado del caos y la polarización interna. Para Kissinger, la potencia perdió su foco estratégico y confundió contrainsurgencia con construcción de un Estado imposible.

Mientras haya en el mundo un actor que le impone retos y le significa amenazas a un país hegemónico, los incentivos y el deseo de supervivencia lo obligarán a seguir compitiendo.

Frente a estas ideas, ofrezco dos contraargumentos: primero, a pesar de que perder una guerra puede lucir catastrófico en la coyuntura inmediatamente posterior, en el largo plazo puede significar algo distinto. Menos de una década después de perder la guerra en Vietnam, Estados Unidos intensificó su ofensiva contra la Unión Soviética y, en parte, dicha presión fue una de las causas de la implosión del régimen soviético.

Y, segundo, mientras haya en el mundo un actor que le impone retos y le significa amenazas a un país hegemónico, los incentivos y el deseo de supervivencia lo obligarán a seguir compitiendo. Con o sin consenso interno. El temor al crecimiento chino es tan grande que, a pesar de la polarización interna, son más los lugares de acuerdo que de desacuerdo bipartidista sobre este tema. Por eso la política de Biden hacia China no marcó un cambio drástico frente a la de Trump.

Los ciclos de poder hegemónicos tienen sus altos y sus bajos. Gracias a la iniciativa china del Belt and Road, hoy la competencia entre estos dos titanes tiene como escenario al mundo entero. Por esa razón, y a pesar del fracaso en Afganistán, ni el aislacionismo ni el repliegue defensivo son opciones para Estados Unidos.

SANDRA BORDA GUZMÁN

(Lea todas las columnas de Sandra Borda Guzmán en EL TIEMPO, aquí)

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