Crónica de una tragedia

Crónica de una tragedia

El país espera que se judicialice a los responsables de la tragedia de Dilan.

25 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

El sábado 23 de noviembre me uní a la marcha de los estudiantes en la carrera 7.ª de Bogotá, a la altura del Museo Nacional. Estaba haciendo un día soleado, y los estudiantes cantaban e iban de buen ánimo.

A menos de media cuadra y un par de minutos después, llegó el Esmad y empezó el uso de los gases lacrimógenos. No había sucedido ni un solo acto de vandalismo. El Esmad tenía la orden de dispersar la marcha, pero los estudiantes persistieron. Les huyeron a los gases y luego se agruparon más adelante y siguieron caminando por la 7.ª hasta la plaza de Bolívar. Yo iba atrás y podía ver que la policía nos estaba siguiendo.

Llegamos finalmente a la plaza de Bolívar a eso de las 2:15. Fuimos de los últimos. Había poca gente en la plaza, casi todos estudiantes, cantando y bailando. Pasadas las 2:30 llegó el Esmad por la 7.ª desde el norte. En la esquina del costado norte de la Catedral quedaron la policía y los estudiantes cara a cara. Los últimos levantaron las manos y cantaron “sin violencia, sin violencia”.

Yo entré a la plaza y me ubiqué cerca de la estatua de Bolívar. Poco tiempo después el Esmad empezó a rodearnos, así que muchos decidimos caminar en dirección occidente para alcanzar la calle 11 y bajar por ahí. Mientras estábamos en eso, empezaron los gases en la plaza, y en cuestión de segundos dispersaron a todo el mundo.

Si la Policía no hubiese adelantado una estrategia de hostigamiento, de persecución y de aplastamiento de la protesta pública, todo hubiese transcurrido normalmente en la plaza

El Esmad venía detrás disparando gases lacrimógenos, y corrimos por la 11 hasta la carrera 9.ª. Algunos de los que siguieron por la 9.ª subieron por la Jiménez y otros, por la 19. A diferencia de lo que sugirió el alcalde de Bogotá, no había plan de llegar al Icetex. Los estudiantes avanzaron en conjunto por donde podían, y fue la policía la que los persiguió y los terminó enviando en esa dirección.

Minutos después de que el grupo de estudiantes pasó por la calle 19 con carrera 5.ª, empecé a ver el Esmad llegar en motos, y esta vez eran más. A la altura de la 19 con 4.ª pararon y armaron filas. Yo seguí caminando por la 19 hacia arriba y hasta la 4.ª, y me quedé en ese semáforo. Había también Esmad sobre la carrera 3.ª con calle 20, lo que básicamente significaba que los estudiantes estaban siendo acorralados.

La tensión creció. Los estudiantes se organizaron en fila frente a las motos de la policía, levantaron los brazos y volvieron a cantar “sin violencia, sin violencia”. La policía hizo sonar las sirenas de sus motos en un acto de intimidación mientras los estudiantes cantaban, y luego todo fue confusión. Empezaron los gases, los estudiantes se dispersaron bajando por la 19 y se encontraron con otro grupo del Esmad que venía más atrás.

Empecé a correr también por la 19 hacia abajo y me di cuenta de que no se podía avanzar hacia el oriente o hacia el occidente porque el Esmad nos había acorralado. Justo en ese instante, unos estudiantes corrían hacia la 4.ª para poder huir por ahí hacia el norte, y fue cuando le dispararon a Dilan. En ese momento, y presa del pánico, me metí en un almacén. No había para dónde correr ya más.

No vi ni un vándalo, ni un solo acto de agresión. Lo único que vi fue estudiantes que trataban de recoger los gases y los lanzaban de vuelta. Si la policía no hubiese adelantado una estrategia de hostigamiento, de persecución y de aplastamiento de la protesta pública, todo hubiese transcurrido normalmente en la plaza.

La Corte Constitucional, como lo señala Santiago Pardo, en la sentencia C-223 de 2017 fue muy clara en señalar que no se requiere ninguna autorización previa para ejercer el derecho constitucional a la protesta. El Gobierno, que tanto insistió en que respetaría ese derecho, no lo hizo. Hoy, el país espera que se judicialice a los responsables intelectuales y directos de la tragedia de Dilan.

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