Consumo de drogas: normas y cambio social

Consumo de drogas: normas y cambio social

Mientras el consumo de alcohol es tolerado, el consumo de drogas es visto como un habito importado. 

10 de junio 2019 , 07:00 p.m.

Las normas son, entre otras cosas, mecanismos que usan sus creadores y promotores para producir cambio social. En otras palabras, quienes crean ciertas normas pueden buscar un giro profundo en un comportamiento colectivo determinado que quisiéramos transformar en algo más positivo o constructivo, algo que nos mueva en una mejor dirección como sociedad.

Creo que el fallo de la Corte Constitucional de hace 24 años que legalizó la dosis personal es un claro ejemplo de este tipo de normas: un intento del entonces magistrado Carlos Gaviria de mover a la sociedad colombiana en una dirección más liberal, más garantista y más respetuosa de los derechos. Tres años antes, la Constitución de 1991 nos empujaba exactamente en esa misma dirección. Teníamos la esperanza de que este grupo de normas lograra transformarnos en una sociedad respetuosa de los derechos y las libertades de todos.

Pero la semana pasada vi una encuesta de Datexco en la cual el 83 por ciento de los entrevistados se mostraban en desacuerdo con mantener el porte de la dosis mínima de droga, y no pude evitar sentir que algo había fallado en ese plan. Esta cifra, junto con la reacción que generó la decisión de la Corte Constitucional que permite el consumo de drogas y alcohol en espacios públicos, me dejó con la impresión de que la transformación con la que soñaba la Corte hace 24 años está muy lejos de haberse hecho realidad.

El grupo de normas que constituyen el régimen internacional de la guerra contra las drogas es uno que hemos defendido con firmeza desde hace tiempo

Creo que la razón por la cual esta norma legal no ha podido transformarnos como sociedad tiene que ver con que compite con otras tantas normas que jalan en la dirección opuesta y resultan ser más fuertes y contar con más arraigo en la sociedad colombiana. Aquí menciono solo un par.

La primera norma en competencia la hemos ejercido a través de nuestra política exterior por allá desde el inicio de la década de los 80, cuando decidimos adherirnos a la versión prohibicionista, militarista y criminalista de la guerra contra las drogas estadounidense. El grupo de normas que constituyen el régimen internacional de la guerra contra las drogas es uno que hemos defendido con firmeza desde hace tiempo, y que, por supuesto, riñe y entra en contradicción con la despenalización de la dosis mínima y el consumo de esta en lugares públicos.

Pero hay otras normas culturales que derivan parcialmente del prohibicionismo. Mientras el consumo de alcohol es tan viejo como la gestación de la nación colombiana, es tolerado y casi hace parte de nuestro ADN cultural, el consumo de drogas es visto como un hábito reciente, importado, ajeno. Sentimos que conocemos el alcohol y sabemos manejarlo (sí, claro), mientras las drogas hacen parte de un mundo desconocido, lleno de incertidumbres, en el que una cosa puede llevar a la otra y podemos terminar muy mal. Los comerciales en televisión y radio de la época más radical del prohibicionismo, que mostraban el deterioro físico (exagerado y caricaturesco) de un consumidor de drogas, contribuyeron a crear un imaginario falso en el que todo el que consume es adicto (se lo escuché, literalmente, a un periodista radial la semana pasada), y todo adicto es un peligro para la sociedad.

El problema, además, es que las normas sociales relacionadas con el prohibicionismo, aparte de no tener sustento alguno en la investigación seria que se ha hecho sobre el consumo, son las más promovidas por los medios de comunicación tradicionales y la clase política. Así las cosas, el potencial transformador de una norma liberal y garantista termina reducido a su mínima expresión, y continuamos atrapados en los prejuicios de unas mayorías sin liderazgos valientes y responsables que le pongan la cara al tema.

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