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Una sociedad de extraños

Una sociedad de extraños

Nos alejamos tanto los unos de los otros, que no podemos encontrar algo que nos una como sociedad.

10 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

Vivir en sociedad es un reto que enfrentamos todos los días a sabiendas de que son más los beneficios que obtenemos de esa experiencia que los obstáculos. Con el tiempo aprendemos que mientras más lazos nos unen, mientras más nos encontramos en la conversación, mientras más compartimos, más rápidamente construimos tejido social. Es decir, mientras más interactuamos, más fácil nos resulta ponernos en los zapatos de los otros y generar lazos de solidaridad.

El problema es que en Colombia cada vez estamos más lejos los unos de los otros. Como sociedad, hemos optado por armar guetos, por encerrarnos en conjuntos residenciales, en resguardos o barrios marginales. Tomamos la decisión de que mientras más separados estemos, mientras más distancia y muros pongamos de por medio, nos sentiremos menos amenazados, más a salvo.

Convertimos nuestro sistema educativo, el lugar en donde niños y jóvenes tendrían que encontrarse (en el sentido grueso de la palabra) y aprender a vivir en medio de las diferencias, en un mecanismo para profundizar y no para resolver nuestras separaciones. Desde el colegio hasta la universidad, los centros educativos son lugares en donde se subrayan y se reafirman las líneas que nos dividen. Son los lugares en donde reafirmamos nuestros propios sesgos de clase y, por tanto, en donde por fin terminamos despojados de la habilidad de hablar con el otro y de entenderlo.

Hemos convertido
en excepcional nuestro encuentro con los otros,
hemos decidido protegernos en la trinchera de nuestra propia realidad y meter la cabeza en la arena.

Al sistema educativo le ayuda la distribución espacial de nuestros lugares de vivienda: en las grandes ciudades, los unos están encerrados en comunidades cercadas, vigiladas, aisladas, y los otros, en barrios marginales a donde escasamente llega el transporte público. Los unos, apretujados en el TransMilenio, y los otros, moviéndose de un lado al otro en carros blindados. Las paredes que levantamos alrededor de nuestro modo de vida ahora son tan altas que no nos permiten ver cómo viven quienes están al otro lado. Escasamente nos permiten reconocer su existencia, su humanidad.

Todas las sociedades tienen diferencias sociales y económicas enormes y grados de inequidad insoslayables. Nadie aboga por una igualdad absoluta. Pero es que hemos convertido en excepcional nuestro encuentro con los otros, hemos decidido protegernos en la trinchera de nuestra propia realidad y meter la cabeza en la arena. Entonces no resulta para nada sorprendente que cuando la protesta social abre la posibilidad del encuentro tan largamente evitado, nos cuesta un trabajo enorme entendernos. Tan difícil nos resulta ese encuentro con aquellos que después de tanta separación resultan prácticamente extraños y casi enemigos que, como en el caso de Cali el fin de semana, preferimos enviarlos de vuelta a su aislamiento (Duque pidiéndoles a los indígenas que regresen a sus resguardos) o decidimos extinguirlos a punta de disparos.

Por eso es que nuestras posiciones políticas parecen no coincidir en ninguna parte: nos alejamos tanto los unos de los otros, nos escondimos de tal forma de aquello que consideramos diferente, que parecemos incapaces de encontrar aunque sea un delgado hilo que nos una como sociedad.

Es preciso, claro, reducir las grandes diferencias económicas que nos separan. Pero, además, es necesario reconstruir los espacios en donde nos encontramos, donde socializamos nuestras particularidades y donde aprendemos a resolver los conflictos que resultan de esa diferencia haciendo uso de la empatía, de la condición humana que nos es común. El espacio por excelencia en donde esto debe suceder es el educativo, es el colegio y son las universidades. Allí es donde se aprende sobre el otro, sobre sus necesidades y sobre sus reivindicaciones. El momento en el que decidimos convertir la educación en privilegio fue justamente el momento en el que renunciamos a la oportunidad de construirnos como sociedad. Hoy vemos las consecuencias.

Sandra Borda G.

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