Aniversario 21N

Es crucial reflexionar sobre ese evento y el poder de la acción ciudadana como propulsor del cambio.

23 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Aunque el sábado pasado muchos estaban ocupados aprovechando el día sin IVA que el Gobierno hábilmente instauró cuando se conmemoraba un año de las protestas del 21 de noviembre (probablemente tratando de escribirle encima a la memoria colectiva), es crucial reflexionar sobre ese evento y el poder de la acción ciudadana como incitador y propulsor del cambio.

Primera reflexión: en tiempos en los que la democracia y el Estado de derecho parecen estar siendo atacados por todos los flancos, si las instituciones (los partidos políticos y los medios de comunicación, entre otros) dudan de su compromiso con la democracia, el trabajo de defenderla recae necesariamente en la resistencia pacífica y organizada de la sociedad. En un escenario tan desolador, solo el activismo ciudadano les puede poner un límite a los autoritarismos que pululan, solo este puede detener el retroceso democrático al que parecemos condenados en esta última década.

Es más, justamente por esa razón, la investigación sobre este tema ha mostrado con claridad que los países que cuentan con una cultura de resistencia no violenta tienden a ser más igualitarios y democráticos. Al contrario de lo que señalan los políticos de turno en el poder, la movilización social no amenaza la democracia ni atenta contra sus instituciones, las nutre y las hace más vibrantes.

El autoritarismo se alimenta
de deslegitimar y criminalizar la protesta social, y la sobrerrepresentación de los incidentes de violencia y destrucción es funcional a ese propósito.

Segunda reflexión: la investigación de Erica Chenoweth, profesora de Harvard, ha demostrado que los movimientos civiles de resistencia tienden a ser más exitosos que los movimientos armados, y esta premisa se aplica en diversas décadas y continentes, en democracias y regímenes autoritarios, y cuando los movimientos se enfrentan con regímenes fuertes o débiles. La protesta pacífica, en síntesis, es más eficiente que la acción violenta.

Tercera reflexión: se tiende a pensar que las manifestaciones sociales existen solo para tumbar gobiernos y que si no lo logran, han fracasado. La investigación muestra, sin embargo, que los cambios pueden lograrse tan solo esperando al siguiente periodo electoral: los candidatos a ocupar altos cargos suelen incorporar en su discurso político los temas sugeridos por los movimientos sociales y, además, los gobiernos nuevos tienden a llevar a cabo transformaciones sugeridas por la movilización, ya que ello les proporciona estabilidad.

Cuarta reflexión: hay un abismo cada vez más grande entre la protesta social real y la que nos presentan los medios de comunicación. Chenoweth y Pressman estudiaron los 7.305 eventos de protesta social que tuvieron lugar en Estados Unidos después del asesinato de George Floyd en Minnesota. Según el estudio, solo en un 5 % de estos eventos hubo arrestos, en un 2,5 % se usaron gases lacrimógenos, hubo heridos reportados únicamente en un 1,6 % de las protestas y solo 3,7 % de las manifestaciones presentaron incidentes de daño a la propiedad o vandalismo. En síntesis, en el 96,3 % de las protestas no hubo daños y en el 97,7 % no hubo heridos entre los participantes de la protesta, ciudadanos que no participaban o la policía.

Eso quiere decir que lo que vimos todos en televisión no representó la naturaleza de la protesta social en Estados Unidos, sino instancias y comportamientos absolutamente excepcionales. La forma como los medios presentan la movilización social afecta directamente la percepción que la gente tiene de esta y de quienes participan en ella. Si la protesta social es un pilar clave de la democracia y los medios tergiversan la percepción que de ella tenemos, no están cumpliendo con su función social y, además, están debilitando el estado de derecho.

El problema no es menor: el autoritarismo se alimenta de deslegitimar y criminalizar la protesta social, y la sobrerrepresentación de los incidentes de violencia y destrucción es funcional a ese propósito.

Sandra Borda G.

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