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Biden: polarización y política exterior

Biden: polarización y política exterior

La polarización política ha convertido a Estados Unidos en un actor en el que no se puede confiar.

21 de junio 2021 , 09:25 p. m.

Joe Biden culminó la semana pasada su primer periplo internacional. Se reunió con su histórico aliado especial –Inglaterra–, sostuvo discusiones con el G7 y terminó con la parte más difícil del tour: una reunión con el mandatario ruso, Vladimir Putin. Sus dos objetivos principales eran enviar el mensaje de que Estados Unidos está –de nuevo– comprometido con Europa, y que dicho compromiso tiene como prioridad recuperar y consolidar las democracias en todo el mundo y cerrar filas en contra de regímenes autoritarios, con especial énfasis en China.

El lema ‘Estados Unidos está de regreso’ resumió, entonces, la intención de la potencia de reasumir su papel tradicional de líder y defensor de la democracia a lo largo y ancho del globo. Pero el producto no resultó tan fácil de vender y las dificultades que encontró Biden dejan una lección importante para todos los otros Estados miembros de la comunidad internacional.

La principal fuente del escepticismo europeo es la política interna estadounidense. Se preguntan, y con razón, cuánto durará este nuevo impulso internacionalista y demócrata; se preguntan si será flor de un día (o de un gobierno) y si una próxima administración en manos de republicanos retrotraerá, con la misma rapidez y eficiencia con las que lo hizo Trump, los avances en el plano internacional que logre Biden durante su mandato.

Someter la política exterior a la lógica
del juego electoral puede ser rentable en el corto plazo para el gobierno de turno y su partido político. Pero en el largo plazo, el daño es irremediable.

En otras palabras, Europa (y creo que el resto del mundo) teme que lo de Biden sea más bien propio de una política exterior de gobierno y que Estados Unidos ya tenga muy poco que ofrecer en materia de una verdadera política exterior de Estado. La capacidad de Estados Unidos de asumir compromisos de larga duración, de ser un socio confiable y con el que se pueda contar más allá de los cuatro años que dura cada mandato está en juego y fue evidente en este primer viaje internacional.

Y es que el problema no es de poca monta. Tanto Trump como Biden encontraron en los decretos presidenciales una herramienta efectiva para tomar decisiones e implementarlas rápidamente. Ello nutre a sus bases electorales y los hace ver como presidentes con poder de decisión, con liderazgo. Pero la capacidad de los presidentes estadounidenses de construir consensos bipartidistas con el Congreso se ha deteriorado y, en consecuencia, sus decisiones duran lo que dura su gobierno. El nivel de inestabilidad que genera esto en lo interno es un problema grave. Pero en lo internacional, la polarización política está enviando señales preocupantes y ha convertido a Estados Unidos en un actor en el que no se puede confiar.

Por supuesto que los cambios de gobierno implican transformaciones importantes para todos. Pero en el campo internacional es preciso mantener unas premisas básicas de comportamiento que superen la lógica de lo electoral o los Estados corren el riesgo de convertirse en actores marginales, con poca credibilidad y con los que no se puede contar en la gestación e implementación de procesos en el largo plazo. Si cada periodo presidencial es un momento para reinventarse completamente, si cada tanto los Estados cambian de personalidad como uno cambia de ropa, entonces la falta de sostenibilidad de las decisiones hará que estas se tornen irrelevantes.

Someter la política exterior a la lógica del juego electoral puede ser rentable en el corto plazo para el gobierno de turno y su partido político. Pero en el largo plazo, el daño es profundo e irremediable. Y si eso se aplica para Estados Unidos, es aún más vigente para países pequeños, como Colombia, que viven de la reputación que otorga el permanecer fieles al cumplimiento con las normas que han suscrito y construyen coherencia y reputación principalmente a punta de honrar sus compromisos internacionales.

Sandra Borda G.

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