Mi deseo para el 2021

Mi deseo para el 2021

La virtualidad ha desdibujado el rostro humano de la enseñanza. En vez de acercarnos nos ha alejado.

04 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Acaba de terminar un año en el que mi ejercicio profesional como profesora universitaria sufrió una transformación radical, no anunciada y a la que todavía mis colegas y yo nos estamos adaptando: por causa del covid, hoy estamos inmersos, como nunca, en la educación virtual.

Siempre les recuerdo a mis estudiantes que cuando yo fui uno de ellos, hice parte de la primera generación que empezó a hacer uso de las herramientas que ofrecía internet. He visto, paso a paso, cómo han cambiado nuestras vidas gracias a su evolución: desde el muy primitivo correo electrónico hasta la llegada de las redes sociales y de todas las plataformas de conexión simultánea que hoy usamos para impartir clases.

La gran mayoría de estas herramientas me han resultado muy útiles para la enseñanza, y trato de explorar y experimentar con ellas. Pero la experiencia de la educación virtual me ha llevado a la conclusión de que estas herramientas son accesorias al aprendizaje presencial y que este último no puede ser sustituido de ninguna forma que hasta ahora conozcamos.

Extraño a los estudiantes. Un profesor solo es profesor en virtud de su existencia. Sin ellos, o con ellos reducidos a tres pantallas seguidas de cuadritos negros, no somos nada.

Puede que haya en mí algo de nostalgia o simplemente que no sea lo suficientemente vanguardista, pero la experiencia de un salón de clase real, una conversación con contacto visual y con lectura de lenguaje corporal, una interacción personal, es algo que considero necesario para el aprendizaje. Desde mi punto de vista, la virtualidad ha desdibujado el rostro humano de la enseñanza; en vez de acercarnos a estudiantes y profesores, nos ha terminado de alejar.

Y ya nos veníamos sintiendo alejados. El crecimiento del número de estudiantes en los cursos nos llevó a quejarnos porque no lográbamos acercarnos a todos, no alcanzábamos a hablar con cada uno y a hacerle seguimiento a su proceso de aprendizaje. Esa perniciosa tendencia la acabó de rematar la educación virtual. Ahora ni siquiera podemos ver a nuestros estudiantes, mucho menos escucharlos; las conversaciones fuera del aula son escasas y cortas y, la gran tragedia para mí es que ni siquiera voy a poder saludar a una buena parte de ellos cuando me los encuentre porque jamás vi sus rostros. En cursos grandes, como los míos, es imposible que todos prendan las cámaras.

Terminé sintiéndome como una máquina. Me fui quedando, poco a poco, sin emociones. No obstante el esfuerzo grande que muchos de ellos hicieron por mantener la conversación, por estar realmente presentes en las discusiones, y mi intento constante por llamar su atención, frecuentemente me sentí sola, desconectada, como un loro parlanchín parado encima de una estaca. Cada vez que alguno prendía la cámara, no podía disimular la alegría tremenda de sentir que allá, al otro lado, había alguien atento y listo. Descubrí que sentada frente a un computador no soy capaz de la misma pasión, del mismo histrionismo, del mismo melodrama, del mismo sentido del humor del que tanto me gusta hacer uso en clase.

Extraño a los estudiantes. Un profesor solo es profesor en virtud de su existencia. Sin ellos, o con ellos reducidos a tres pantallas seguidas de cuadritos negros, no somos nada. Extraño a los tímidos que rara vez hablan, pero que con sus miradas y sus cuadernos de notas siguen todo paso a paso; extraño a los elocuentes, cuestionadores y maestros del debate que siempre están listos a animar las conversaciones; extraño a los que, por mucho que intenten, no pueden evitar ceder a la tentación del celular; extraño a los que de vez en cuando se quedan dormidos; extraño a los de la fila del frente, a los del medio y a los relajados de la fila de atrás. Los extraño mucho y deseo volverlos a ver muy pronto.

(A ratos me descubro pensando cómo me voy a vestir el primer día que vaya a la universidad a dar clase... Cómo me voy a engalanar para ese primer reencuentro...).

Sandra Borda Guzmán

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