Gabo y Netflix

Gabo y Netflix

“Mientras yo esté vivo, Cien años no se filma; ni siquiera Kurosawa, que ya la empezó”.

08 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

Cuando supe de buena fuente que Netflix había adquirido los derechos de Cien años de soledad, experimenté una sensación terrible de desasosiego que las viejas cartageneras bautizan ‘muerte chiquita’. Sí, porque yo había asistido hace 30 años a un tête à tête de Sergio Leone y Gabriel García Márquez, y mientras Leone le suplicaba a Gabo que le concediera los derechos de su obra más preciada, Gabo salió con una de sus frases lapidarias: “Mientras yo esté vivo, Cien años no se filma; ni siquiera Kurosawa, que ya la empezó”.

Estaba yo de asistente de dirección de Leone en la película Érase una vez en América y Gabo, que se hallaba de paso por Roma, me llamó desde la zapatería más elegante de Via Veneto. Y ese fue mi momento de gloria, porque todo Cinecittá supo, por las operadoras chismosas, que García Márquez había llamado a Salvo Basile.

Mientras yo hablaba con Gabo, Sergio Leone, mi gran jefe y maestro, me hizo seña de invitarlo a comer. Gabo me dijo que lo consultaría con Mercedes, que afortunadamente al final dio su placet y organizamos una mesa estelar que se volvió todavía más estelar cuando llegó el personaje más rutilante, que ahora les cuento.

Lo único que sobresalía era la ‘jeremiades’ de Sergio pidiendo, y la testarudez de Gabito que no aflojó ni siquiera cuando me pareció oír una suma estratosférica, en esos años estrafalaria

La mesa estaba compuesta por Gabo, la Gaba, Robert de Niro, Dalila di Lazzaro, Sergio Leone, Salvo Basile y una pareja venezolana familiar de Carlos Andrés Pérez. El resultado fue un acto de comedia a la italiana, porque así sonaba: Gabo chapuceando un italiano aprendido en el Centro Sperimentale de Cinematografia, Robert de Niro se expresaba en un italiano de mafioso de Little Italy y Sergio Leone, un idioma de cowboy; pero lo único que sobresalía era la ‘jeremiades’ de Sergio pidiendo, y la testarudez de Gabito que no aflojó ni siquiera cuando me pareció oír una suma estratosférica, en esos años estrafalaria: algo como 700.000 dólares. Una barbaridad en los años 80.

Y a todo esto hay que sumarle la llegada de la verdadera estrella de la noche: Muhammad Ali, en todo su esplendor y ya con comienzos de párkinson. De esa noche, hay una foto memorable que Gabo atesoraba en su estudio. Los hijos de Gabo, especialmente Rodrigo, siempre me preguntan: ¿y por qué no estás en la foto? Y siempre respondo: ¿Y quién crees que la tomó?

Mi desasosiego se debe a que conociendo a Rodrigo García Barcha, que ni él ni Gonzalo se meterán en la realización de la serie, tal como Gabo no se metió ni en Crónica de una muerte anunciada ni en El amor en los tiempos del cólera. Y ojalá se hubiera metido.

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