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La verdad que marcha

La verdad que marcha

Hay que pensar en los jóvenes y ofrecerles oportunidades para calmarles el hambre y la rabia.

27 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

“Tengo 20 años, hice hasta primero de bachillerato y tuve que dejar de estudiar por falta de plata; estoy desempleado, vivo en Ciudad Bolívar, arriba, en una piecita hechiza pegada a la casa de mi madre; por suerte tengo a mi abuela, que cuida a mis tres hermanos chiquitos y una bebita que me dejó mi mujer cuando se escapó de la casa, cansada de la miseria y del hambre.

Mi madre todos los días a las 4 de la madrugada baja a pie durante media hora, se monta en una Copetrán y una hora después llega, pero le toca caminar otros vente minutos para llegar a la casa donde trabaja de sirvienta, a las 6 en punto, a tiempo para preparar el desayuno al patrón, que trabaja en una fábrica de no sé qué en Puente Aranda; dos arepitas, huevos pericos, una taza de café, y vaya con Dios.

De este lado el desayuno es aguapanela aguadita, un trozo de pan cuando hay, y pare de contar. El sueldo mínimo de mi mamá no da para los tres golpes, y los niños pasan hambrientos el resto del día, hasta que llega mi mamá con alguna cosita que trae de la casa de los patrones, y el arroz de la abuela que los mantiene vivos. ¿Que qué hago todo el día? Bajar a buscar. Esto hago, busco, busco lo que sea, lo que venga. Si hay trabajito, si hay una vuelta rara, listo, me encuentro con mis parceros que también andan en las mismas, nada que hacer, ni un peso en el bolsillo y no futuro. Y ¿qué hacemos? Hablar cháchara y esperar lo que venga. Y hoy parece que hay algo, la tal reforma tributaria, y hay agite, la gente se alborota, comienzan a tirar las primeras piedras, llegan los encapuchados, hay gritos, sirenas, tombos enloquecidos; nosotros también nos ponemos a tirar piedras y romper vidrios, y quemar y mirar bien adónde se puede conseguir algo (...), quemamos unas llantas, hacemos un retén y comenzamos a pedir a la gentecita asustada; llegan unos smat (sic) –Esmad– violentos con bastones y macanas, y nos ponemos peor, ahora sí comenzó la rabia, la ocasión de cobrar por la derecha nuestra vida de mierda, el hambre de mis hermanitos, la esclavitud de mi madre, la falta de dinero, de trabajo, de un futuro, cada piedra es un grito, un llanto, un chillido de ayuda, un aullido de desesperación; pero no hay quien me escuche y sigo destruyendo, pillando”.

El delito no se justifica, pero este relato indica que hay que pensar en los jóvenes y ofrecerles oportunidades para calmarles el hambre y la rabia, porque cifras del 23,9 % de desempleo en jóvenes, el 42,5 % en índice de pobreza y un 54,2 % en inseguridad alimentaria nos tienen que preocupar. Ahí está la clave.

Salvo Basile

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