La arrogancia de ‘El Espectador’

La arrogancia de ‘El Espectador’

Lo esencial es enviar el mensaje de que el violador que asesina niños no tiene perdón posible.

17 de julio 2019 , 08:08 p.m.

Es un editorial escrito desde la atalaya de una pretendida superioridad moral y académica. El Espectador se sitúa por encima de los que considera somos una plebe enardecida que no quiere justicia, solo saciar su sed de venganza. Y, puesto que tilda a los colombianos de pueblo ignorante, primario, borregos de escaso o nulo cerebro, asegura que elevaremos a los altares al presidente Duque por regalarnos una ley que satisfaga nuestros instintos más básicos.

Y concluye: “Es un canto a la bandera que, en últimas, es una ofensa contra las víctimas por no enfrentar el problema de raíz”.

Es decir, para El Espectador, las familias de Sharick Alejandra y de los cien pequeños a los que Garavito violó y asesinó, por citar solo unos casos entre miles, rechazan que pasen el resto de sus vidas en las cárceles. Lo que querrían, intuye el periódico, es que reflexionen unos años en sus lugares de reclusión sobre los crímenes cometidos y salgan a hacer lo mismo si les provoca mientras el Estado enfrenta “la raíz del problema”.

No es la única voz que clama en defensa de los sagrados derechos de las personas que disfrutan violando y luego asesinando niños. Cuentan con el apoyo argumental de la Comisión Asesora de Política Criminal del Gobierno, la sabia guía que debe iluminar el oscuro y torvo camino de nosotros, los brutos vengativos. Para los beatos de la sagrada Biblia del 91, reformada decenas de veces, sería “cruel, innecesariamente violenta, inútil y desproporcionada” la cadena perpetua.

Quizá la diferencia estribe en que ustedes piensan demasiado en los derechos de los adultos. Y a nosotros solo nos preocupan los niños

Y tanto ellos como El Espectador y varios colegas aluden al “populismo punitivo” para descalificarnos, acusación que asumieron como su himno.

Nuestro himno, por el contrario, el que muchos entonamos sin importar ideologías, es tan sencillo como primitivo: que se pudran tras las rejas el resto de sus días. No nos interesa su reinserción, no solo porque son incorregibles y pueden atacar a más niños, sino porque es justo, útil y proporcionado castigar duro a quien se ensaña de esa espantosa manera con los más indefensos.

¿Que sale caro mantenerlos presos de por vida? Seguro. Pero más costosos para una sociedad son los reincidentes. ¿Que no supone un freno a que sigan apareciendo Garavitos? De pronto. Pero todavía no lo han probado, y tampoco es el punto clave de la incansable petición de cadena perpetua que en su día lideró Gilma Jiménez y ahora encabeza su hija Yohana.

Lo esencial es enviar el rotundo mensaje de que el violador que asesina niños no tiene perdón posible. Tampoco los peores violadores de infantes. El padrastro de tres niñas, de entre 6 y 12 años, violaba los lunes a una; miércoles, a la segunda; viernes, a la tercera, y el domingo, a la mamá. Me lo contó el policía que lo investigó y lo detuvo. ¿Qué sentencia les dictaríamos los que no sabemos de leyes? Que pase el resto de su asquerosa existencia en una celda y boten la llave. Punto.

Obvio que solo atajaremos a algunos criminales depravados. Sería imprescindible que, al mismo tiempo, el país lidere un gran esfuerzo mundial en investigar el cerebro de los pederastas, convertirlo en prioridad de los Estados. Saber qué los motiva, qué les atrae de esas criaturas, cómo les pueden gustar niñitas que apenas gatean, qué placer encuentran en someterlas a sus deseos repulsivos, qué basuras acumulan en sus neuronas, cómo corregirlo.

Una última anotación para el director de El Espectador, Sandra Borda, Jorge Espinosa, Armando Benedetti y tantos otros que nos tachan de alimentar el “populismo punitivo”. Dentro de unos cuatro años saldrá de prisión Garavito. Para protestar e impedirlo, unos formaremos una cadena humana en la puerta de la cárcel. Ustedes pueden montar su combo para protegerlo y llevárselo de vecino. Yo no lo quiero cerca de mis niños. Es más, deberían resucitar el muro de la infamia de Gilma para salvaguardarlos de los depredadores sexuales.

Quizá la diferencia estribe en que ustedes piensan demasiado en los derechos de los adultos. Y a nosotros solo nos preocupan los niños.

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