¿Gran corrupto o ejemplar empresario?

¿Gran corrupto o ejemplar empresario?

La primera vez que escuché del ‘Turco’ Hilsaca fue alrededor del 2000. Lo asociaban a narcos. 

08 de mayo 2019 , 07:27 p.m.

Su mansión de fachada grisácea en Bocagrande tiene tres alturas, siete espigadas palmas, rejas y un guardia de seguridad las 24 horas. Frente a la catedral construye un hotel y otro en el barrio Getsemaní, que generó polémica por agregar pisos modernos a un edificio patrimonial. Nada extraordinario para el contratista más poderoso, cuestionado y temido de la Costa. Muchos bajan la voz y hablan entre susurros para referirse a él, así no haya nadie cerca, como si tuviese oídos por todos los rincones.

Pocos saben en Bogotá, Cali o Medellín de su existencia, pero en la región Caribe, en el Gobierno y en la Fiscalía General es de sobra conocido.

“Todos los fiscales de la Costa sabemos quién es Alfonso ‘el Turco’ Hilsaca”, asegura uno de ellos. El problema es cómo vencer su asombrosa capacidad para escabullirse por las pútridas alcantarillas del sistema judicial. Aunque la Fiscalía lo ha puesto contra las cuerdas, y en dos ocasiones lo encarceló, siempre consigue salir airoso.

“Le tienen un temor enorme porque el tipo es de cuidado”, comenta un taxista cartagenero. “Nunca le pasa nada porque cuando tienen las pruebas contra él, les dice: ven acá, ¿cuánto quieres para que ese proceso no me lo saques? Tiene cómo hacerlo: poder y plata”. Y un poblador de Turbaco anota: “Los alcaldes están vendidos, le dan los mejores contratos. Y no le pasa nada”.

De la mano de la casa Espinosa Faciolince, poderoso clan político en la década de los 90, aprendió los secretos del indisoluble matrimonio entre candidatos y contratistas.

Quizá el crimen de las cuatro prostitutas en la plaza del Reloj, de Cartagena, en 2004, donde parecía acorralado por el cúmulo de testimonios que lo incriminaban, incluido el de un sicario, supuso su mayor triunfo, el que acrecentó su fama de invencible escurridizo. Los testigos voltearon su declaración y, tras nueve meses preso en Sabanalarga, salió libre.

“A Miriam Martínez Palomino, que llevaba el caso y lo capturó en el 2009, se le atravesó una zorra-mula en un viaje de Cartagena a Barranquilla y perdió la vida”, recuerda una fuente. Y el fiscal Hugo Raúl Quintero, que le imputó un homicidio para silenciar a un testigo, terminó primero defenestrado y después exiliado porque su vida corría “un riesgo extraordinario” y le quitaron la escolta.

La primera vez que escuché del ‘Turco’ Hilsaca fue alrededor del 2000. Entonces lo asociaban a narcos, a paramilitares, a ‘la Gata’. Más tarde, a alcaldes y gobernadores corruptos. A lo largo de los años entrevisté a diversos empresarios temerosos de su oscuro poder, que lo acusaban de tumbarlos. Y a funcionarios, fiscales y testigos de sus (presuntos) delitos.

Dos únicas veces me he referido a él en escritos, el mismo número de demandas que me ha puesto. Le molesta sobremanera que le persiga la imagen de empresario tan avispado e inteligente como corrupto y tramposo.

Creció en Mompox, donde se afincó su familia, originaria del Líbano. Comenzó a trabajar en una empresa contratista de Ecopetrol, pero fue en Magangué donde dio el salto definitivo, el que marcaría el resto de su existencia. De la mano de la casa Espinosa Faciolince, poderoso clan político en la década de los 90, aprendió los secretos del indisoluble matrimonio entre candidatos y contratistas. Creó Construcciones Hilsaca, rebautizada AGM, y edificó un emporio.

Fue sumando contratos de alumbrado público, acueducto, tránsito, rellenos sanitarios... Logró que la gobernación de Bolívar construyera su sede en un predio suyo de Turbaco, lejos de Cartagena, y se hizo amo de Cardique, aseguran todos lo que entrevisté.

Un familiar me comentó que debería dejar de amasar más fortuna. “Le decimos: ¿para qué quiere más?”. La respuesta me la dio una persona cercana a él: “Es de una avaricia insaciable y es muy resentido social, detesta al Club Cartagena, porque no lo dejaron entrar”.

En Turbaco me acerqué a un grupo de lugareños que conversaban en el parque. Pregunté por el Turco. “Menos la iglesia y el cementerio, todo es suyo”, contestaron riendo. ¿Permitirán las autoridades que todo siga igual?

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