La guerra y la paz

La guerra y la paz

El Gobierno se concentra en apabullar a los ya pacificados, lo que le hace perder credibilidad.

22 de julio 2018 , 12:08 a.m.

Un error que no se puede cometer es dejar que los 29 grupos disidentes de guerrilleros que presuntamente se están reagrupando para crear las Farc II se organicen y coordinen sus acciones bajo un mando unificado.

Adicionalmente, si se logra que se entreguen los cabecillas de las bandas criminales y de las organizaciones que las dirigen, utilizan y apoyan, no se puede permitir que los territorios en los que ahora ejercen control, que son estratégicamente muy importantes porque cubren las rutas de entrada de armas y contrabando y las de salida de la droga, caigan en poder de otros grupos u otras organizaciones sin que los ocupen primero la Fuerza Pública y el Estado en forma integral.

Este error lo ha cometido el Gobierno en varias ocasiones. Por ejemplo, cuando se sometieron los paramilitares en el gobierno de Álvaro Uribe y muy notablemente en este gobierno, que inexplicablemente no estableció inmediatamente control en los territorios que entregaron las Farc.

El gobierno entrante parece favorecer la tesis ultraconservadora de que para obtener una paz duradera es necesario proseguir la guerra hasta que se haya derrotado y sometido al enemigo. Esta parece ser la base ideológica de la oposición al acuerdo de paz y del ensañamiento contra los miembros de las Farc que han depuesto las armas, y contra las instituciones y los cambios institucionales que hicieron posible esta entrega. Como se aferran al criterio de que las Farc que se sometieron a los términos del acuerdo son el enemigo, quieren seguir combatiéndolas aunque ya no están empeñadas en continuar la guerra y se avienen a la paz negociada. Al tomar este camino se cometen dos graves errores.

El primero de ellos, que tiene implicaciones éticas muy serias y consecuencias nocivas sobre la credibilidad del Estado y la estructura jurídica, es la intención de incumplir lo acordado bien sea abiertamente, cambiando leyes y hasta Constitución, o, como posiblemente hayan intentado o lo están intentando los que dicen que una vez conseguidos los acuerdos con las Farc, lo que sigue “es ponerles conejo”.

En segundo lugar, si la idea es que la guerra se lleva a cabo con el fin de alcanzar la paz, lo anterior es inútil, contraproducente o las dos cosas a la vez. Es inútil porque el “enemigo” ya está en paz, contraproducente porque incita a los que están esperando que les cumplan a que se cansen de esperar y se unan a los disidentes.

Y porque, en lugar de combatir a los que están en guerra o pertenecen a organizaciones criminales, el Gobierno se concentra en apabullar a los ya pacificados, lo que le hace perder credibilidad para negociar con la oposición o con otros insurgentes.

Ahora parece inevitable que debe seguir la guerra porque el Gobierno no tiene control sobre todo el territorio y porque lo que se comenzó a hacer en Tumaco con esfuerzos como la operación Zeus, para recuperar control, o en Norte de Santander, para adquirirlo, se inició dos o tres años muy tarde. Como lo dice Jaime Castro, tenemos más territorio que Estado. Por eso están incendiadas regiones enteras, sometidas a criminales o a fuerzas irregulares, y la población carece de protección y, por supuesto, de paz.

Pero la guerra no es en el Congreso para doblegar a los que se reinsertaron, sino para que el Estado adquiera control en todo el territorio. Y esta vez, la batalla se tiene que dar sin apoyarse en paramilitares, porque cuando se recurre a ellos se ingresa en un círculo vicioso en el que el Estado se apoya en criminales para establecer control, pero el control queda en manos de ellos. La Fuerza Pública no se puede subcontratar, tiene que ejercerla exclusivamente el Estado.

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Vuelvo a escribir el 26 de agosto. Le deseo suerte y moderación a Iván Duque.

RUDOLF HOMMES

Columnistas

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