Vilificar

Vilificar

Lo que necesita Bogotá es que no venga nadie más a rehacerla ni a ponerle su apellido.

19 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Hubo una vez una buena noticia. Fue el miércoles 14 de agosto de 2019, ni más ni menos, mientras se hablaba del exasperante vandalismo en TransMilenio: también estaba sucediendo que el Concejo de Bogotá acababa de aprobar un proyecto –de la exconcejal Ángela Garzón– para posicionar una sola imagen de la ciudad, la de la Bogotá “2600 metros más cerca de las estrellas” con la Á como un cerro tildado, antes de que llegue una nueva administración a empezar de ceros esta capital tan provinciana. ‘Bogotá sin indiferencia’, ‘Bogotá positiva’, ‘Bogotá humana’ y ‘Bogotá mejor para todos’ nos costaron 759.000 millones, y probaron esta manía nuestra de refundar la ciudad en pleno centro de la ciudad, y es una buena noticia que haya llegado a su fin esa pesadilla de papelerías, chaquetas, propagandas.

Ojalá sea este el comienzo de una cultura responsable en la que ‘construir sobre lo construido’ no suene revolucionario. Cada vez me reconozco menos autoridad para decir por quién votar: que cada cual vote por quien quiera pues lo importante es que aún se pueda. Pero debo decir que en el contexto de este país desolador en el que han sido asesinados siete candidatos a unas semanas de las elecciones regionales, ¡siete!, me parece particularmente vergonzoso lo común que ha sido caricaturizar, enlodar, vilificar, calumniar a los rivales en la campaña a la alcaldía de Bogotá: no solo me parece infame porque se trata de guerra sucia en un país en guerra, sino porque es como si no fuéramos capaces de honrar el logro de tener cuatro candidatos importantes que pueden ir por ahí entregando volantes y bailando en tarimas de localidad en localidad.

Sí, los cuatro han sido reducidos a memes sin piedad ni precaución: en tiempos de redes, convertida nuestra especie en una especie de marinillos, es usual que los políticos se vuelvan remedos de sí mismos, caigan en la trampa de jugar para su tribuna, y estén condenados a ser, como en el eslogan, ‘impopulares pero eficientes’. Y a mí me gustaría que ganara Claudia López –me hablaría bien de esta ciudad– porque a la hora de la verdad, superadas las muletillas de campaña, la imagino capaz de lidiar y liderar y mejorar este monstruo sin acabar con lo que se ha hecho. Y también me parecería un buen destino si Carlos Fernando Galán llegara a la alcaldía, pues su candidatura sensata ha sido un verdadero alivio. Pero creo que lo que necesita Bogotá, llegue quien llegue al cargo, es que no venga nadie más a rehacerla ni a ponerle su apellido.

No más lemas, ni más vallas ni más comerciales estridentes, al servicio del alcalde de turno.

No más mezquindad ante la obligación de ejecutar planes heredados, ni más bajeza a la hora de controvertir a los rivales: pienso que todos los candidatos de todas las ciudades colombianas deberían portarse como si supieran que han matado a siete candidatos en las regiones en guerra.

En la vieja Bogotá, Santa Fe de Bogotá ni más ni menos, solía hablarse del “tiempo del ruido” en memoria de un estruendo de quince minutos –una suma de crujidos y chirridos y lamentos metálicos escoltada por una nube de polvo y de azufre que vino desde el centro de la Tierra– que se escuchó en la noche del domingo 9 de marzo de 1687: muchos salieron a correr, en sus ropas de dormir, pues asumieron que le había llegado el fin del mundo a esa ciudad clasista y pacata y frustrada, pero muchos aristócratas se metieron debajo de las camas porque les pareció que al fin iban a pagar su indolencia con una guerra. Creo, 332 años después, que la mejor manera de que Bogotá no se venga abajo ni se vea tomada por la violencia es que –llegue quien llegue a su alcaldía– sea por fin una ciudad solidaria que deje de sabotearse a sí misma.

www.ricardosilvaromero.com

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