Vaivén

Vaivén

De nuestros políticos quedará su vocación a enturbiar lo turbio cuando su gente rogaba un respiro.

18 de junio 2020 , 09:25 p.m.

Se ha dicho que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen, pero no hay manera de que la jadeante Colombia se haya ganado semejante bodegón de líderes que incluso en plena pandemia han encontrado las fuerzas para entregarse en cuerpo y alma –y tercera persona– a la causa de sí mismos. Véanlos una vez más reescribiéndose el pasado entre el pasado de todos, fabricándose enemigos como cadáveres para sus aves carroñeras, estigmatizando estigmatizadores, atrincherándonos a diestra y siniestra como si no tuviéramos nada que hacer, señalando a todo aquel que se resista, en la tierra de nadie, a aniquilar a los demás, y enlodándose los unos a los otros, “¡narco usted!”, como en una asamblea de copropietarios en un país sitiado por tantos dueños: “Yo o catástrofe” en plena catástrofe.

Se preguntarán: “¿Qué puede ser más urgente que los futuros políticos de los expresidentes?” o “¿cómo puede atreverse este feudo a dejar de ser un pretexto para mis maniobras?”.

Y nuestras preguntas serán: “¿Esto es lo que hay?”, “¿no tenemos miles de talentos que podrían estarse valiendo de esos cargos para desactivar las violencias, conjurar las desigualdades, despertar las solidaridades?”, “¿este país rebarajado por el tráfico de drogas, tan ajeno a las plegarias de los desaparecidos y los líderes sociales y los desmovilizados, está condenado hasta el apocalipsis a padecer estos dirigentes que se pasan las décadas cruzando la puerta de vaivén de los gobiernos que licitan a las empresas “que hacen país”, de las políticas públicas a los negocios que las exprimen hasta la última gota, de los pasados barridos bajo las alfombras a los presentes exaltados de la doble moral, de los impedimentos que saltan a la vista a las decisiones que van a afectarnos a todos quién sabe hasta cuándo?”.

De los políticos al final solo queda, como de los maestros, su ejemplo, su conducta en los tiempos invivibles. De estos políticos nuestros quedará su vocación a enturbiar lo turbio cuando su gente les rogaba un respiro. Quizás era de esperarse que ciertos gobernantes cruzados con negociantes –de la vicepresidenta Ramírez al expresidente Uribe– se dedicaran en el pico del virus tanto a su autocuidado como a su distanciamiento social. Pero resulta descorazonador que sus mejores críticos se valgan de los mismos escasos recursos para desdibujar a sus rivales: por supuesto, no es lo mismo Petro que Uribe, no, faltaba más, pero tampoco es cierto que –como acaba de escribirme por DM un amable seguidor de @petrogustavo– todo el que no sea petrista sea en el fondo uribista: sí que faltan matices y contextos en Colombia.

Puede decirse, desde ya, que fueron así los días de la nueva peste: los médicos valerosos se resignaron a su vocación en una sociedad capaz de mandarles coronas de muerte, los funcionarios dignos cumplieron sus horas como monjes con los nervios deshechos, los periodistas veraces reportaron desde el lugar de los hechos día por día sin derecho a bajar la guardia, los analistas sesudos trataron de encajarles las prácticas bárbaras a las teorías políticas de siempre, y los ciudadanos de todas las suertes y todos los oficios con relojes de arena en el estómago –campesinos, mariachis, terapistas, floristas, peluqueros, taxistas, albañiles, vigilantes, chefs– tejieron redes solidarias para sacarse adelante entre todos, mientras estos politiqueros in fraganti, incapaces de ir de caciques a sabios de la tribu, trataban de decretarse un país para ellos solos.

Soy optimista: sí, estos políticos de antes, que estarán después, han solido valerse de su desprestigio para portarse en paz como cafres, ya qué, pero hace cien años no había una peste que probara a la vista de todos su bajeza.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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